Este es mi espacio, mi pequeña parcela de libertad, mi válvula de escape, mi cofre de sentimientos, mi retiro, mi confesionario, el escondite de mis rebeliones, el escaparate de mi alma.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Las hernias ya son pasado


Desde lo más hondo de mi cansancio acumulado con tesón en las últimas horas, percibo cómo un nuevo día se desliza sigiloso en mis aposentos. En el clima sosegado de la noche puedo repasar los recientes acontecimientos que han venido a alterar mi cotidiana rutina.

El lunes nos anunciaron que Mane podría liberarse de su persistente dolor en el brazo, acarreado y difícilmente soportado desde el pasado verano, pasando por quirófano el miércoles por la tarde, ya que el neurocirujano tenía un hueco en su apretada agenda. Había que operar dos hernias discales cervicales, causantes de la dolorosa sintomatología.

Pincha aquí para saber qué es una hernia

No había lugar para dubitaciones, pero sí cabían incertidumbres ante una decisión tomada con firmeza, por el riesgo que siempre entraña una anestesia general y hurgar con un bisturí tan cerca de la médula. 
Ignoramos el despertador y el horario laboral, y desayunamos frente a frente con una distendida charla. Había que guardar ocho horas de ayuno antes de la intervención, así que antes del medio día hicimos un almuerzo (yo me solidaricé con su protocolo), que permitiera llegar a la tarde en óptimas condiciones para tolerar la anestesia general.



Partimos de casa sobre las tres de la tarde, llegamos al hospital, y tras gestionar la documentación necesaria para el ingreso, tomamos posesión de la “suite”. La espera fue entretenida, porque las visitas se sucedieron una tras otra.
El camisón que dejaron sobre la cama no correspondía con la talla de Mane, lo que sirvió de mofa y motivo de documento gráfico para el recuerdo, hasta que mi amiga Tere nos consiguió otra prenda más acorde con sus medidas.
Hubo situaciones urgentes e imprevisibles que retrasaron la operación de Mane, pero por fin fue llamado a filas sobre las 20:30 h. Gracias a mi amiga Tere, que es de la casa, pude acompañar a Mane hasta el mismo momento de pasar a quirófano.
Casi tres horas después de conversación en la sala de espera, sus hermanos, mis hijos y yo, salió el cirujano a informar que todo había ido bien, y que le había implantado prótesis entre las vértebras afectadas. Pasaría la noche en la UCI, y al día siguiente pasaría a planta si todo evolucionaba favorablemente. Pero antes nos permitieron verle, ataviados con batas y patucos, y comprobar el buen humor con el que había despertado. Tuvo varios golpes de los suyos, y nos gastó bromas, pero también confesó que el dolor insoportable que sufría en el brazo había desaparecido milagrosamente.



No me dejaron quedarme esa noche, así que alrededor de la una de la madrugada volví a casa y me acosté, después de comer un bocado, porque con la tensión no me di cuenta que prácticamente no había comido en todo el día. Programé el despertador a las 6:30, y a las 7:45 ya estaba en el hospital. Tiempo después llegó mi omnipresente y entrañable amiga Tere, entró en UCI y salió para informarme que había pasado la noche tranquilo y sin complicaciones, y me enseñó una foto que acababa de hacerle para que comprobara su buen aspecto. Un rato después me permitieron pasar y acompañarle, y permanecí a su lado hasta más tarde de las 11:00 h. Había eliminado sin dificultad la anestesia por la orina, y había tolerado un zumo y un yogur con gusto y con apetito.


Mientras le retiraban los detectores y le subían a la “suite”, fui a dar un paseo por los alrededores del hospital.
El día fue resbalando lentamente tras la ventana de la habitación, orientada al oeste, dejándome ser testigo de la melancolía de una tarde que empujó al sol por el precipicio del horizonte, mientras mi rostro ceniciento por el cansancio exageraba la expresión amable ante las sucesivas visitas, hasta que por fin nos quedamos solos. Me duche, le duché, y nos acostamos rendidos, a sabiendas que en los hospitales la actividad está en ebullición desde las primeras luces del alba.


Efectivamente, recién vestida y acicalada, llegó el Dr. Ugarriza a inspeccionar el estado del paciente, y a traer el parte de alta, una vez desayunase y le practicasen una cura en la cicatriz.
En menos de 48 horas estoy de vuelta con él en casa, con sus cervicales restauradas. Debe llevar el collarín unos días, para evitar movimientos bruscos, pero debe quitárselo para acostarse. Retirarán los puntos de sutura la semana próxima, y deberá ir a consulta a finales de mes para que el doctor compruebe la evolución del enfermo. Entonces comenzarán los trámites para intervenirle el túnel carpiano y las lesiones lumbares…, pero eso es ya objeto de otro post. 




Me lo han dejado niquelado, y ¡ha crecido! Ahora no le llego ni al hombro… Los tacones, más que nunca ahora, son para mí elementos de primera necesidad para ir de su brazo.





                                   BYE
 


domingo, 1 de diciembre de 2013

Diabolo


Hoy he recibido un vídeo, montado por mi hijo Lu, sobre unas imágenes que grabó mi hermano Juan Antonio en una romería de S. Isidro en La Dehesilla de Santa Marta de los Barros. A mis tres hijos les encantaba ir de pequeños, porque se movían con libertad por el campo y conocían nuevos amigos en el pueblo de su madre.
Por aquella época se puso de moda jugar al diabolo, y los míos lo manejaban que era un primor, sobre todo los dos mayores, porque Lu tenía tres añitos, aunque también se atrevía tomando a sus hermanos como modelos. Deduzco que las imágenes son de 1.995, o tal vez del 96. Enrique tenía 8 o 9 años.
Salir de casa, aunque fuera por un día, suponía cargar con todo aquello que para ellos fuese importante en ese momento, y el diabolo era acompañante de primera en cada escapada, así que se lo llevaron al campo, antes prescindirían de las tortillas, los huevos rellenos y los filetes empanados que de su juguete favorito.


Dejé que los dos mayores se movieran con un poco de libertad por la romería, y poco después salimos a dar una vuelta su padre y yo, con mis hermanos y cuñados. Vi a lo lejos una aglomeración de gente que aplaudía y vitoreaba en el centro de la finca, en la pista de baile, y nos fuimos acercando con curiosidad por ver qué pasaba. Cual no sería mi sorpresa al descubrir que el espectáculo lo estaba dando mi hijo Enrique con su diabolo. Yo miraba atónita, mientras mi hermano se puso a grabar la movida. Todavía lo veo y me quedo con la boca abierta, este muchacho siempre nos ha hecho pasar ratos divertidos e inolvidables como éste. Amenazo con irlos dosificando... He aquí el vídeo en cuestión.

Pincha aquí para ver a "Diaboloman"


¿Os ha gustado...? Pues dejad un comentario, quiero constancia de vuestras opiniones, no seáis tan tímidos...

sábado, 23 de noviembre de 2013

Cuesta abajo


Cuesta abajo y sin frenos, así va nuestro día a día. El asunto de Asunta me tiene descolocada, sobre todo como madre; no puedo concebir cómo unos padres que han deseado con pasión adoptar una hija, pueden acabar queriendo borrarla de sus vidas. No hay argumento que pueda explicarlo, y menos aún justificarlo. 


 La revocación de la doctrina Parot, sobre todo sus consecuencias, me lleva a concluir que nuestros juristas son unos incompetentes. Tiene que haber algún apaño legal que impida sembrar nuestras ciudades de delincuentes que han reprimido sus bajos instintos en la cárcel, menos tiempo del que desea la ciudadanía, porque ahora tendremos que sufrir el peligro de sus impulsos asesinos.


 Me temo muy mucho que a los implicados en el caso Nóos acabarán imponiéndoles como penitencia tres Padrenuestros y tres Avemarías, si aseguran su propósito de enmienda. 



A mi alrededor se debaten entre la vida y la muerte los náufragos del sistema, mientras yo me aferro a mi trabajo como última tabla de salvación en este embravecido océano. 


Ni siquiera me queda la esperanza de pegar un pelotazo en la lotería de Navidad, porque los protagonistas del anuncio de este año han espantado a la suerte con maestría, además de haber traumatizado de por vida a millones de televidentes. 



                            Que se pare el mundo, que me quiero apear.



jueves, 21 de noviembre de 2013

La llamada

                    
     Era sábado, y el despertador tuvo la deferencia de dejarla descansar sin horario, permitiéndole recuperar las horas de sueño que no había podido disfrutar durante todo el curso que acababa de despedir, con sus diarios madrugones y sus apretadas obligaciones domésticas. Su marido permanecía atravesado en la cama, sin síntomas de una inmediata salida del paraíso onírico por el que se paseaba alegremente. Se deslizó con sigilo por las rebujadas sábanas, entró en el baño silenciosamente, y cuando hubo terminado su elemental aseo, recorrió el pasillo de puntillas hasta el salón. Ya en el comedor, encendió el portátil que descansaba sobre la mesa, y mientras calentaba motores, entró en la cocina para prepararse un café y unas tostadas. Entre idas y venidas, reparó en la pantalla: 3 de julio. Su marido siempre afirmaba que las mujeres tienen una capacidad especial para recordar fechas, algo que él admiraba sinceramente, puesto que era incapaz de recordar ni los cumpleaños de sus propios hijos. Por el contrario, ella estaba pendiente de aniversarios de toda índole, onomásticas, y toda clase de celebraciones periódicas, tanto de su familia más cercana como de sus amigos o conocidos. Una rara facultad, a ojos de su marido, que no suponía para ella un esfuerzo adicional de memoria, era como si lucieran en su cerebro las fechas, en relieve y con brillantes colores.
     Tres de julio. Años atrás siempre la llamaba al móvil para felicitarla, ya desde la playa. Cuando descolgaba, a sabiendas de quién esperaba al otro lado de la línea, siempre respondía diciendo: -“Ave María Purísima”. -“Sin pecado concebida, desde el convento costero”. Y entablaban una larga conversación en tono jocoso, con la particular jerga de las sores en el “convento”, aprovechando para ponerse al día de todo lo acaecido desde el último encuentro. En realidad, todas las compañeras de promoción estaban conectadas por correo electrónico mediante un grupo de Google, y todos los mail enviados por cualquiera de ellas eran visibles para las demás integrantes, por lo que no había acontecimiento, bueno o malo, que no conociera el colectivo por el simple hecho de entrar en el correo. Era costumbre aderezar la información que tuvieran entre manos con archivos gráficos adjuntos, para darle vidilla al cotilleo, y de esa manera “acercar” a las compañeras que vivían en lejanos puntos de la geografía peninsular.
     Mientras tomaba el desayuno, repasaba con emoción contenida algunos pasajes de la vida de su amiga. Se conservaba bien, era de esas mujeres en las que el tiempo rebota, y sin ser un bellezón, mantenía a raya los kilos y las arrugas, tal vez por su soltería, que puede ser, no en todos los casos, una circunstancia favorable en este sentido. Como decía su marido de todas las solteras: “si es que todavía está seminueva…”. Su amiga había sido la fundadora del “convento”: ella, que disponía de más tiempo, quiso dedicarlo a reunir a todas las compañeras de colegio que con los años se habían ido desperdigando por el mundo, en un lugar de encuentro virtual, lleno de buenas intenciones y que les permitía compartir alegrías, penas, apoyarse, animarse, consolarse y desahogarse a cada una en la medida de sus apetencias o de sus necesidades. Y, de cuando en cuando, reunirse físicamente, para comer o tomar un café, sobre todo con ocasión de la visita a la ciudad de algunas de las forasteras. Su amiga tuvo siempre un gran poder de convocatoria, y se valía para ello, como no podía ser de otra manera, del “convento”, del grupo de Google al que todas pertenecían.
     Hoy hubiera sido su cumpleaños, y todavía la echaba de menos. Aún le quedaba  un resto del perfume que no llegó a regalarle, cuando se precipitaron los acontecimientos, y que comenzó a usar como propio en su memoria.
     Después de desayunar, abrió el libro que estaba leyendo, pero al cabo de unos minutos, se percató que las líneas del texto se difuminaban entre las sombras de los recuerdos. Sus ojos se habían humedecido, era 3 de julio. Cuando su marido hizo su entrada en escena, se tensó como la cuerda de una guitarra, y le dio los buenos días esbozando una sonrisa que fue una auténtica obra maestra de fingimiento, para no tener que dar explicaciones. Intentó continuar la lectura, pero sus pensamientos tropezaban una y otra vez, como aturdidos, con las palabras. Reflexionaba de qué manera, casi imperceptible en tiempo real, iban pasando los días, las semanas y los meses, amontonándose sin miramientos en años. Años que su amiga no estaba saboreando por imperativo divino.



     Su móvil descansaba sobre la mesa, y de repente le asaltó una idea. Era una idea absurda, que bailaba en su cabeza en el colmo de una confusión repentina. No era la primera vez que se le ocurría algo así. Desde el día que su amiga se marchó, había escrito varias veces en su muro de facebook, tal vez con la intención de mantenerlo al día, que no cerraran su cuenta por inactividad, o quizás con la dudosa y secreta convicción de que el mensaje le llegaría, allí donde se encontrase. También se sobresaltó la primera vez que vio en la bandeja de entrada de su correo electrónico un mensaje, seguramente uno de esos virus que se reenvían solos, procedente de su amiga. Sabía que eso era imposible, pero no podía evitar que un enjambre de abejas revoloteara en su barriga cada vez que pasaba.
     Cogió el móvil. Buscó su número en la agenda, y cuando lo tenía en pantalla, se arrepintió súbitamente de su ocurrencia y lo soltó bruscamente, con desasosiego, como si le hubiera dado una descarga eléctrica. Ahora volvía a revivir la noche en la que la llamó, para preguntar qué le había dicho el médico en el hospital, donde la estaban sometiendo a un chequeo, por una infección en un pecho, y para sorpresa suya, respondió a la llamada su madre. Le contó, con un evidente tono de preocupación, que a su hija la habían hospitalizado, y no podía coger el teléfono porque había sido necesario administrarle oxígeno, debido a una insoportable fatiga, y el consiguiente estado de ansiedad. Ese número que tantas veces había marcado, preámbulo de tantas y tan largas conversaciones, ya no lo contestaría su amiga nunca jamás. A todos pilló desprevenidos el fatal desenlace, no pudieron hacerse a la idea de perderla de un día para otro, y seguramente ella misma no había barajado tan fatídica posibilidad. Y ahora, el día de su cumpleaños, le asaltaba el impulso de llamarla, a sabiendas de la paranoia que estaba alimentando.
    Procuró distraerse el resto de la mañana en tareas intrascendentes, sorteando con agilidad los impulsos que la tenían trastornada desde que se levantó y pudo percatarse de la obsesiva fecha. Paseó por la playa, intercambió saludos con cuantos conocidos se cruzaron en su camino, dio una vuelta por el mercado y compró marisco fresco y algo de fruta para la comida. La siesta la pasó descabezando en el sofá, con las noticias de la televisión como ruido de fondo, que ejercieron el mismo efecto que una música de violines, como si el mismísimo Paganini estuviese sacando sus misteriosas notas pegado a sus oídos, con la única intención de adormecer sus sentidos. Soñó con una conversación que un día mantuvo con su amiga sobre el más allá, conjeturando sobre el destino de las almas una vez finado el cuerpo. Los interrogantes surgieron a raíz de unos extraños sucesos que habían padecido ella, su marido y sus hijos en casa unos meses antes. Durante un tiempo difícil de precisar, todos los miembros de la familia habían notado una presencia invisible a su alrededor, que se hacía notar en hechos puntuales, como podían ser ruidos de puertas, rotura inexplicable de elementos ornamentales, encendido espontáneo de aparatos electrónicos, luces que se apagaban y se encendían, sombras que parecían flotar cruzando una habitación… Su escepticismo aplicaba siempre una explicación medianamente lógica a cada suceso, pero en su interior estaba convencida de la visita de un alma desde un mundo paralelo; un fantasma, para que nos entendamos. Y su amiga, escuchando el relato desde el otro lado de la línea telefónica, también se inclinaba por la creencia de una vida paralela después de la muerte. Entre sueños, su amiga la cogía de la mano, tirando de ella para cruzar una enorme y fantasmagórica puerta, pero ella recelaba y se resistía, se debatía entre la curiosidad por resolver por fin el enigma que su amiga ya había resuelto, y el pánico enfermizo a un universo desconocido e incierto, del que sospechaba no podría volver para contarlo; dudaba si depositar su confianza en su amiga muerta o jugar a lo seguro, no cruzar la frontera, aún a sabiendas de que el misterio la seguiría torturando en vida, mientras la ansiada respuesta le hacía un guiño, resguardada tras la enigmática puerta.
     Su marido la despertó de su pesadilla cuando comenzaron a borbotear de su boca lastimeros gemidos. Se incorporó sobresaltada, pero la tranquilizó el contacto con el entorno familiar y la convicción de que todo había sido un mal sueño.
     La noche comenzaba a desplegar su manto enlutado, y desde la terraza podía disfrutarse la imagen argentada de la luna sobre la superficie marina. Soplaba una brisa blanda y dulce sobre sus enarboladas mejillas, y ella advertía cómo se evaporaba una sensualidad rebosante, cuyos efluvios impregnaban el ambiente a su alrededor, haciendo de reclamo para su marido. Unos brazos tiernos rodearon su cintura, y un cálido aliento penetró en su cabellera desde la nuca. Él siempre había sido fogoso, y la escapada al apartamento de la playa sin sus hijos era la ocasión perfecta para ponerse al día de las carencias sexuales que acarreaba la rutina. La pasión hizo su aparición en escena y los quedó sumidos en un estado de embriaguez rayano en la inconsciencia.
     Despertó en mitad de la noche. Tendida en la cama, con los ojos abiertos como platos, la sorprendió súbitamente el recuerdo de su amiga, y sintió una tristeza tan tangible que tenía vida propia. La notaba sentada sobre su pecho, clavándole sus afiladas garras en el corazón, escupiéndole en la cara el recuerdo de una verdad irreversible: la muerte de su amiga y el esbozo de una felicidad perdida. Volvió a dormirse, mientras iban tomando cuerpo tantos recuerdos ahuyentados, tantas imágenes desdibujadas, tantas huellas borradas...


     El día siguiente amaneció bajo un cielo plúmbeo. Le apeteció dar un paseo por la playa. La llenaba de paz contemplar el paisaje marino, antes de que lo salpicaran con mil colores las sombrillas y los veraneantes. Las olas luchaban denodadamente por alcanzar la costa, en una monótona y repetida búsqueda por el eterno e inalcanzable reposo. Hizo un alto en el camino, e inclinándose sobre la arena,  escribió con el dedo índice el nombre de su amiga, con grandes letras. Se puso en pie mirándolo, y al leerlo, creyó oír la palabra en voz alta con nitidez: era como un grito lanzado como una flecha a la diana del cielo, al fondo del mar, al horizonte de una lejana tierra… Fue una imagen fugaz, pasajera, fue pasado al mismo tiempo que presente, aniquilada por una sucesión de olas en su infinita aspiración por el descanso final.

     Prosiguió, y en su andar mecánico, involuntario, dio amnistía a unas cuantas lágrimas que cumplían una larga condena. Por lo que pudo ser y no fue. Y recitó de memoria, con sabor amargo, los versos que escribió el aciago día que su amiga murió.

Mi tristeza es un estribillo
que se sucede,
una y otra vez,
como las mareas.
Huyeron, disfrazados de cobardes,
los días mustios y podridos
que agotaron tus minutos,
muertos a puñaladas
por la traición del destino.
Se estremece una melodía
a ritmo de tango,
decadente, trasnochada,
recurrente, desahuciada.
Tu silencio cabe en una frase,
o tal vez en una palabra.
Asoma tu alma desolada
entre los recuerdos
de diálogos inconclusos.
Llegas tarde al buen humor,
al amor,
a las revoluciones…,
pero has cruzado temprano
la puerta de la muerte.


     Ya no estaba tan aplanadoramente triste, su tristeza se había quedado hundida en la negrura de la noche anterior, y se había trocado en una firme decisión.
     Llegó de vuelta a casa de su paseo matutino, y se encaminó directa al bolso en el que tenía su móvil. Su marido no estaba, seguramente habría salido a comprar el periódico. Marcó el número sin vacilación. Sonó un tono, otro, otro… y cuando comenzaba a parecerle absurdo su comportamiento, alguien descolgó. Incrédula, perdida entre la dicha y la incertidumbre, inmersa en el colmo de la confusión. Ahí estaba ella: muda, expectante, embotada, estupefacta, en un combate cuerpo a cuerpo con un desafiante silencio.  Después de un tiempo difícil de precisar, colgaron.
     Transcurría el verano lentamente, y las altas temperaturas aventaron su deseo de instalarse definitivamente en el apartamento de la playa, huyendo del sofocante calor de la ciudad, aunque su marido no podría acompañarla hasta una semana después, pues debía volver por motivos de trabajo.
     Los siguientes días, mientras aguardaba la vuelta de su marido, daba su rutinario paseo matutino, disfrutando su solitaria estancia. Tras su diario paseo por la playa, en dos ocasiones se encontró llamadas perdidas desde el número de su amiga, así que optó por cargar con el teléfono a todas horas. Sonó una tarde mientras estaba en la ducha, y aunque casi se resbala en el baño y fue mojando el suelo hasta el dormitorio, no llegó para cogerlo a tiempo. Afortunadamente, no volvió a recibir llamadas, ni sintió de nuevo el impulso de hacerla, lo que serenó sus ánimos hasta que su marido volvió.


Traía su tablet, juguete favorito desde que ella se lo regaló por su aniversario, asesorada por sus hijos, que ya conocían las excelencias de su uso. Una de las aplicaciones de las que disponía era el “Ghost Radar”, que a todos les resultó muy divertida en un primer momento, parapetados detrás de un dudoso escepticismo. La posibilidad de interactuar con seres de mundos paralelos engancha y fascina, incluso a los incrédulos. Y que este dispositivo pudiese ubicar fantasmas, monitoreando campos electromagnéticos, vibraciones y sutiles frecuencias sonoras, marcando los puntos exactos donde estas entidades podrían estar presentes, era cuando menos un asunto atrayente.
     Celebraron el reencuentro saliendo a cenar con unos amigos, y terminaron la velada tomando una placentera copa en un chiringuito a pie de playa, con una animada charla, bajo una noche estrellada y el reflejo plateado de la luna sobre un mar sereno. En mitad de la noche, la despertó una imperiosa necesidad de ir al baño. Él descansaba tan plácidamente, sumido en un sueño tan profundo, que ni se inmutó cuando la cama fue suya en exclusiva. Ella se desveló después de orinar, fue a beber un vaso de agua a la cocina, y decidió salir a la terraza un rato para ahuyentar el insomnio. Se echó en la tumbona, y contempló el cielo. Apenas llevaba allí unos instantes, cuando vio una estrella fugaz. Fue un instante mágico, en la quietud de la madrugada, en el silencio de la noche. Entonces recordó haber visto en las noticias que se produciría el espectáculo anual de la lluvia de las Perseidas, conocido también como las lágrimas de San Lorenzo, y se quedó hipnotizada por la belleza de un cielo salpicado de luces caprichosas, cuya trayectoria era una sorpresa cada vez, un nuevo milagro del universo. Un universo infinito, inquietante, endemoniadamente incomprensible para el vulgar de los mortales.


Algo llamó su atención con su luz intermitente: procedía de la tablet, que estaba sobre la mesa. La aplicación “Ghost Radar” estaba funcionando espontáneamente, barriendo una y otra vez la circunferencia de color verde, sin detectar ninguna presencia. Se acercó con sigilo, con incredulidad y con recelo, y a medida que observaba tan excepcional suceso, le parecía que brillaba con fuerza un punto rojo bien localizado, justo en las doce, cada vez que la barra recorría los 360 grados. Se detectaba algo, pero sobre todo, un olor muy agradable y muy familiar para ella invadía el ambiente, el de la colonia que su amiga no llegó a recibir nunca. Miró el lugar que indicaba el detector, y allí estaba: etérea, volátil, incorpórea, espiritual, emanando paz, derrochando amor. Su amiga le mandaba un mensaje claro desde el otro lado, y se valía de la tecnología para hacérselo llegar. Las dos, su amiga y ella, estaban en lo cierto: hay un mundo paralelo para las almas que parten de su vida terrenal, y en ocasiones ambos planos de existencia pueden solaparse circunstancialmente, si desde una orilla se invoca o sencillamente se desea.


Cuando volvió a la cama, con una paz infinita, su marido se dio la vuelta y la abrazó con ternura. Entre sueños, le balbuceó al oído: “qué bien hueles…”


   
   
   
   
    


   
      
 


lunes, 18 de noviembre de 2013

Cincuenta menos uno


Entre esta foto y la siguiente han pasado unos añitos, y te falta tu libro "El parvulito".


Entre esta otra imagen de finales de los 70 y la siguiente, más actual, media toda una vida.



Ya te queda menos para el medio siglo, que son palabras mayores (te lo dice tu hermana, que camina por la cincuentena desde hace tres años y medio, pero no es para tanto, te lo aseguro...)


                       ¡Feliz cumpleaños!

martes, 12 de noviembre de 2013

Ddd, dD (2)


Wert y su Ministerio de Educación no dan una últimamente. El pasado 29 de octubre se hizo pública la orden ministerial por la cual los estudiantes que no gozan de beca de carácter general tampoco recibirían este año la beca Erasmus, después de llevar dos meses de destino en distintos puntos de Europa. Muchos se sintieron traicionados, e incluso se plantearon hacer las maletas para volver a casa, por no poder costearse la estancia en el extranjero sin la ayuda de una subvención que se les había garantizado. Las movilizaciones estudiantiles a través de las redes sociales ejercieron buena presión, además de un buen tirón de orejas de la cúpula del PP, y Wert dio marcha atrás en su decisión. 


Ahora ha trascendido que la UE desmiente la versión que Educación ha difundido, afirmando que las becas Erasmus se verán reducidas en un 50% el curso próximo por una redistribución de los fondos comunitarios. El portavoz comunitario de Educación, Dennis Abbott, ha recordado que, por el contrario, el presupuesto europeo para las becas Erasmus que recibirá España se incrementará un 4% en 2014. A lo que ha añadido que el comunicado del ministro español sugiriendo que el programa se verá reducido es completamente falso. Se ha de saber que estas becas están cofinanciadas, entre Europa y España, y lo que probablemente se va a reducir es la ayuda estatal, que es responsabilidad exclusiva de España. "No sé cómo decirlo de forma más diplomática, porque esto es basura", apostilla  Abbott. Lamentable, por ser suave.




sábado, 9 de noviembre de 2013

Los 27 de mi primo...génito.


Mi hijo Enrique nació el 9 de noviembre de 1.986, o sea, el siglo pasado. El mismo día que aquel extraño de la canción de Cecilia mandaba, como siempre sin tarjeta, un ramito de violetas a la mujer cuyo marido era el mismo demonio.

Se ha currado su título de licenciado en Administración y Dirección de Empresas, pero como decía aquel chiste, "gracias a Dios todavía no ha tenido que utilizarlo". Menos mal que él siempre ha tenido disposición para trabajar en distintos campos, sin que se le caigan los anillos, aunque lo que más le gusta hacer es animar fiestas con su música como Dj, el archiconocido Kaéfe.



Es probable que acabe ejerciendo su profesión más allá de nuestras fronteras, por más que su madre y su novia intentemos disuadirle de esa opción, pero está visto que el futuro aquí es poco halagüeño para un hombre con unas comprensibles ambiciones.



A la espera de su gran oportunidad, pasando de puntillas por encima de sus primeros aterrizajes laborales, lo tengo en casa soñando con poder independizarse un día no muy lejano y escribir la historia de su vida desvinculado del nido familiar.


El tiempo es un implacable verdugo. Parece que fue ayer cuando viniste a colmar de felicidad a una parejita de tortolitos cuyo mayor patrimonio era la fuerza de su juventud y de su amor.


En esa foto te sostienen tu padre y tu padrino, mi hermano Juan Antonio, en una romería de S. Isidro en Santa Marta. Tenías 6 meses y ya venía de camino tu hermano Alberto.


Tu tío te sacaba a pasear con orgullo, véase cómo te exhibe en esta instantánea, en la que su estilismo años 80 es para echarse a llorar, directamente...




La verdad es que eras muy gracioso y simpático, un personaje en toda regla. ¡Qué tiempo tan feliz!



Luego fuiste el mayor de dos hermanos, aunque la diferencia entre vosotros es solo de 14 meses. Parecíais mellizos...


Y unos años después, el mayor de un triunvirato de cine: Enrique, Alberto y Lu. ¡Me faltaban manos y horas para atenderos!


Nuestro bobtail Rocco hizo las delicias de toda la familia durante vuestra infancia, recién estrenada nuestra nueva casa.




Tuviste tu fiebre de fútbol como jugador, y más tarde como entrenador. Siempre has sido un excelente deportista: gimnasia, esquí, snowboard, BMX, freestyle, pádel, breack, culturismo...


Superamos tu etapa adolescente, con su turbulenta revolución hormonal y su pertinaz rebeldía... (y vivo para contarlo, que no es poco).


Y te has convertido en un hombre competente, responsable, querido, guapo, guapo, guapo... perdón, me he encasquillado, jajaja...


            ¡Feliz cumpleaños, primo...génito!