Cosecha
del 60.
La pandemia truncó nuestros
planes en 2020, que era justamente el año en que cumplíamos 60 los nacidos en
el 60. Pero, erre que erre, y como el Pisuerga pasa por Valladolid, nos dimos
cita el verano pasado, aunque fuera con retraso, para quitarnos el mal sabor de
boca y poder celebrar a nuestras anchas el ansiado reencuentro en el pueblo que
nos vio nacer y que fue testigo de nuestra infancia y nuestros años de
juventud. Más tarde el destino nos fue repartiendo por distintos puntos de la
geografía, pero el arraigo por nuestra tierra y por nuestros paisanos es el
denominador común de este variopinto grupo de hombres y mujeres, por muy
diferentes caminos que hayan recorrido por la senda de la vida.
Nuestra infancia transcurrió sin
prisas y sin pantallas, jugando con plena libertad en las calles o en las
casas, siempre con las puertas abiertas, después de salir de la escuela: con
una pelota, saltando la comba, a la rayuela, los bolis, el pincho, el aro, el
salto al burro, la gallinita ciega, el escondite, la “lleva”, la peonza, el
pañuelo, el tira-soga, España y Portugal… En más de una ocasión terminábamos la
sesión de tarde con un raspón en la rodilla o una pitera, pero nada importante
que nos disuadiera de continuar con la sana costumbre de socializar a través de
estas actividades lúdicas callejeras tan gratificantes.
Nos juntábamos con otros niños y
muchas veces inventábamos juegos con lo que teníamos a mano, aguzando el
ingenio, creando nuestras propias reglas y comprometiéndonos a respetarlas,
perdiendo la noción del tiempo hasta que nos llamaban a voces para recogernos.
Las experiencias de aquella época
impregnaron nuestros sentidos, nos marcaron y nos convirtieron en los adultos
que somos hoy en día.
A muchos no los veía desde que íbamos
a la escuela; a otros tuve que identificarlos en las fotos de Primera Comunión
o de romerías de S. Isidro; a algunos había seguido viéndolos en mis visitas
durante la feria de Santa Marta o en momentos muy puntuales, pero de lejos y
sin intenciones de interactuar con ellos, tal vez por timidez, después de tanto
tiempo alejados. El día de la cita salimos de nuestras burbujas individuales y
charlamos unos con otros animadamente; comimos, bebimos y brindamos; nos
pusimos al día de nuestras vidas; y reímos y disfrutamos durante la cena y las
copitas posteriores en la calle El Medio, como si no hubiera un mañana.
Puede que no propiciemos otro
encuentro similar más adelante, pero la espinita que teníamos clavada, nos la
sacamos. Y puede, si lo hubiera, que de nuevo olvidemos los nombres, porque las
neuronas ralentizan los procesos memorísticos a medida que cumplimos años,
desafortunadamente. Por eso la vida hay que celebrarla cada vez que la ocasión
se ponga a tiro, por lo que pueda venir detrás.
Mi sincero agradecimiento a los
que tiraron del carro contra viento y marea para que nuestro sueño se hiciera
realidad, animando a través de un chat de Whatsapp creado al efecto; elaborando
las listas de los interesados y poniéndose en contacto con ellos; coordinando
fechas y agendas para que la mayoría pudiese asistir; eligiendo el sitio ideal
y el menú para la cena; concertando precios y gestionando un largo etcétera de
contratiempos que siempre hacen su entrada en escena en este tipo de eventos,
sin previo aviso. Sin Antonia y Manolo, los auténticos maestros de ceremonia,
no habría sido posible.
Gracias, gracias, gracias.
Estoy orgullosa de ser
santamartense y orgullosa de mis paisanos contemporáneos.
¡Qué
buena cosecha dio 1960!
Maribel Núñez Arcos.