Este es mi espacio, mi pequeña parcela de libertad, mi válvula de escape, mi cofre de sentimientos, mi retiro, mi confesionario, el escondite de mis rebeliones, el escaparate de mi alma.

martes, 2 de junio de 2026

Palabras en desuso.

 

 

Trasantié, de cháchara con mi cuñao, me salió la palabra fusca, haciendo alusión a los restos que me quedaron después de hacer una limpia en mi parcela, que estaba una mijina percudía después de tantas lluvias. El resto de los presentes no eran extremeños y se quedaron entallaos y con cara de zumbaos. Tuve que traducirles el término después de empinar el espiche con agua fresca, procurando no añusgarme, mientras un cañafote saltaba por el corral to repiao.

No quiero ser pejiguera, pero qué coraje me da que algunos opinen que echar mano de palabras en desuso es hablar mal, que es un lenguaje encenagao. Esos tienen el cerebro faratao o se han hecho una pitera con un chinote por tantas cavilaciones. En todas partes hay porculeros. A esos pujiedes los aviaba yo con una jícara de chocolate en la talega pa endulzarles el pico a los más raferos, y unos chochitos y una bota de vino de la tierra a los más galochos, pa que le refalen por la mollera los pensamientos más zurripuercos.

Os dejo, que voy a escamondar el suelo con la algofifa, sin enguanchinarlo, después de recoger los bolindres que mis morrales han desperdigao, que por poco me chango un zancajo. Cuando termine, me voy a jincar una albérchiga y un gañote, procurando no mancharme el niqui de los domingos, chacho.

 



martes, 19 de mayo de 2026

SOCIEDAD_5.0

 

 

SOCIEDAD_5.0 es el título de la novela que presentó el miércoles 13 de mayo un autor novel, de nombre Manuel Luis Gómez González-Castell, que es precisamente mi marido.

 

 

Mane, que es el nombre por el que le conoce su entorno más cercano, nunca escribió este texto (tampoco ningún otro de las miles de páginas que tiene archivadas) para verlo publicado. Fui yo quien se empeñó en sacarlo a la luz y movió los hilos para tener a día de hoy el libro entre las manos. Me puse en contacto con EDITAMÁS, la editorial que me publicó mi antología de cuentos "Silencio, se cuenta" en 2022. Y, como era de esperar, todo ha ido sobre ruedas desde el primer momento.

 

 

El 13 de mayo, a las 13.00h, se llevó a cabo la presentación de la obra, según lo previsto, en la carpa municipal de la Feria del Libro de Badajoz, instalada en la Plaza de San Francisco.

 

 

Esa misma mañana Mane me pidió que me subiera con él para hacerle una breve introducción, antes de tomar él la palabra para comunicar a los asistentes los entresijos de la novela. Yo no tenía nada preparado, pero su currículum me lo sé sin necesidad de apuntes...

 



Nacido en Montijo el 15 de abril de 1959, en el seno de una familia numerosa, es el segundo de cinco hermanos. Siendo un hombre eminentemente de ciencias, tuvo una evidente inclinación por las letras desde siempre. Tal vez lleve en su código genético esa herencia, porque su abuelo materno era D. Rafael González Castell, escritor perteneciente a la generación del 27, que dejó un importante y reconocido legado como poeta, articulista, caricaturista... No en vano existe un certamen literario que lleva su nombre, convocado por el Ayuntamiento de Montijo, localidad en la que también se le adjudicó una calle y una placa en la fachada de la casa donde vivió muchos años.

 


 

Puede que a los grandes lectores se les haga corto este relato. Pero os aseguro que queda un agradable regustillo final y una invitación a reflexionar sobre temas trascendentales que, cuando Mane lo escribió, hace ya siete años, eran casi ciencia ficción, aunque en la actualidad ya no nos resultan ajenos a la realidad que vivimos. 

 Mane nos explicó, en su exposición, algunos de los interesantes guiños que introdujo en el texto, entremezclándolos con el argumento, sin dar más pistas que los personajes principales de la novela y la problemática que tuvieron que afrontar.

 



 Transcurrida la media hora que tenía adjudicada para dar a conocer su obra, pasamos a la caseta destinada a la firma de libros a los asistentes que lo solicitaron.

Se dio la circunstancia de coincidir ese mismo día por la tarde la presentación del libro de su tía Piti, Piedad González-Castell Zoydo; precisamente una biografía del abuelo Rafael González Castell, dentro de la serie "Personajes singulares", impulsado y publicado por la Fundación Caja Badajoz. Así que celebramos los eventos por partida doble y en familia.

 


 Esperemos que SOCIEDAD_5.0, primera obra publicada de Mane, tenga buena aceptación y sea el inicio de una larga carrera literaria de la que podamos disfrutar todos. Puede adquirirse en librería Colón y en librería Martínez.

Brindemos por ello.

 


 

martes, 12 de mayo de 2026

La juventud baila 1981

 

Cuando solo existían dos cadenas de televisión, la 1ª cadena  y la 2ª, sin más, todos los españolitos se sentaban los sábados por la tarde ante la pantalla para ver el legendario programa musical Aplauso, que se emitió entre 1978 y 1983, presentado por el archiconocido José Luis Fradejas, ya fallecido.

Una de sus secciones más populares era "La juventud baila".   El concurso enfrentaba a jóvenes bailarines de toda España que competían en estilos como disco, rock & roll y baile moderno, que disponían de un minuto y medio para demostrar sus aptitudes y su ritmo.

Los participantes se dividían en distintas categorías y modalidades: individual masculino, individual femenino, pareja de discoteca y pareja de rock & roll. Para dar oportunidades a los interesados, Fradejas se desplazaba a distintas ciudades para seleccionar a los equipos que finalmente competían frente a las cámaras.

Y vino a Badajoz. Los aspirantes fueron convocados en la discoteca Fashion, en la autopista, lindando con el colegio de los Maristas. Y allí estaba yo, con la ilusión de una jovencita de 20 años, con la carrera de Magisterio terminada y toda una vida por delante, bailando con la esperanza de ser la elegida de Fradejas para actuar en la tele.

Y me eligió a mí entre muchas participantes, para representar a Badajoz frente a otros equipos de otras provincias. 

El destino quiso que la pareja de discoteca fuera de mi pueblo, Santa Marta de los Barros: Salvador y Paca; la pareja de rock & roll, de La Fuente del Maestre: José María y Julia; y el individual masculino, de Badajoz capital: Ángel.

La experiencia del viaje a Madrid, ver desde dentro el plató donde grabamos, conocer a los miembros del ballet ZOOM, como Giorgio Aresu o Yu Lan (que luego nos puntuaron como jurados), fue mágica para todos nosotros. 

Con la primera actuación, en febrero de 1981, nos clasificamos para las semifinales en abril de ese mismo año. Han pasado 45 años y, tras muchas indagaciones, he conseguido los dos vídeos para el recuerdo y para regocijo de amigos y familiares. Me hacía especial ilusión que me vieran mis hijos, ya adultos, en mi breve carrera de artista haciendo lo que más me apasiona en mi fuero interno: bailar como si no hubiera un mañana. Mejor o peor, pero con una desbordante ilusión.

Aquí dejo el documento gráfico que corrobora que lo que cuento es verdad y que fue muy bonito mientras duró.

Una vez más he de decir: "Gracias a la vida, que me ha dado tanto...".

 

Actuación 1: febrero de 1981. 

 https://drive.google.com/file/d/1ItJj_61FtWDLpJ4wxCXqFizOVEpQROAe/view?usp=drive_link

 

 

 

Actuación 2: abril de 1981. 

 

https://drive.google.com/file/d/1yGIoN-T4K3YsIRjmxaG5bqtcFlXwXvIY/view?usp=sharing

 


 

 

 

 

 

jueves, 30 de abril de 2026

Nuevo cuento: Sadness


 

SADNESS

 

La tristeza es un monstruo que corroe desde las entrañas y asola el interior. Cuando solo queda en pie la fachada, la dinamita hasta quedarla reducida a escombros.

 

En el silencio de la noche se oía, de manera casi imperceptible, el llanto de una niña. Desde la calle solitaria, apenas iluminada por bombillas amarillentas que hacían guiños intermitentes a la luna, podían intuirse los sollozos inconsolables tras la persiana que daba a la fachada.

 

Se deslizaba perezosa una madrugada soporífera de agosto en un pequeño pueblo, en el que rara vez ocurría algún suceso no planificado y en el que, como no podía ser de otra manera, la feria en honor al santo constituía todo un acontecimiento.

Cada año se instalaba en la plaza una caseta en la que se podía beber vino, cerveza y refrescos y tomar unos pinchos. También hacía negocio el churrero del pueblo vecino, porque era costumbre terminar el festejo con un chocolate y unas porras, antes de empiltrarse. No podían faltar los coches chocantes, con la música a toda pastilla; ni el tren de la bruja, haciendo las delicias de algunos y siendo la pesadilla de los más miedosos, que no sabían cómo zafarse de los escobazos repartidos a diestro y siniestro durante el recorrido.

Pero lo mejor era la verbena, amenizada por una orquesta de tercera regional, que contrataba con mimo la corporación municipal. En aquel ambiente músico-festivo proliferaban los primeros escarceos de los mozos con las mozas en edad de merecer, mezclados con los pasodobles de los matrimonios consolidados, que recorrían con determinación la pista de cabo a rabo sin perder el ritmo; por no mencionar el séquito de cotillas sentadas alrededor, sin perder detalle de cada acercamiento, de cada tocamiento, de cada emparejamiento, mientras pasaban revista al estilismo de moda de todos y cada uno de los presentes, tema que exprimían en sus conversaciones al día siguiente y, a veces, incluso mucho después de pasadas esas fechas.

 

Para ella no había fiesta, ni refrescos, ni churros, ni atracciones de feria, ni verbena. Ella echaba de menos a su madre como el primer día. No entendía por qué había enfermado hasta morir, dejándola tan sola. Tampoco entendió que su padre contrajera matrimonio con la sirvienta muy poco tiempo después de enviudar. Sentía que era un estorbo en cada uno de los planes que hacían.

No podía sacar de su cabeza el recuerdo del muro, construido con varias filas de ladrillos, que aquel enterrador iba colocando, con indiferente rutina, en un ceremonioso compás de espera de respiración contenida, del adiós tajante, contundente, irreversible, sin prórroga, inmisericorde, temible, indeseado. Aquel muro tras el cual su madre quedó presa para siempre. Y en la oscuridad del lúgubre descanso eterno, del que hablaba el sacerdote en el funeral, ella solo imaginaba tinieblas, miedo, tal vez dolor, ansiedad, desesperación, ahogo, silencio aplastante. Por muchas flores que cubrieran el nicho.

 

Los sintió llegar de la feria y se metió rápidamente en la cama; se hizo la dormida, tragándose sus lágrimas, cuando su padre se asomó a su habitación para comprobar que todo estaba en orden. Pudo conciliar el sueño con dificultad, escuchando bajo las sábanas las risitas contenidas de la pareja mientras se desvestían y se acostaban.

 

A medida que pasaban los años, su carácter introspectivo era por todos conocido y su lánguida tristeza se había cronificado. Su etapa escolar en el pueblo tocaba a su fin, por lo que se hacía necesario continuar los estudios en la capital. Su padre decidió mandarla a un internado de monjas, seguramente con el beneplácito de su madrastra, que se vería así con mayor disponibilidad y libertad de movimientos sin su presencia en su día a día.

 

Los primeros días fueron duros: horarios estrictos para las clases, las austeras comidas en larguísimas mesas, las horas de estudio vigilado, las duchas con agua casi siempre fría, las inviolables normas de convivencia, las pequeñas tareas de limpieza por turnos, los dormitorios multitudinarios y sin intimidad… Sin contar con las internas veteranas que abusaban de su timidez y su evidente vulnerabilidad, ideal para hacer de su vida un purgatorio, en medio de su particular infierno emocional.

A pesar de todo, su evolución académica era aceptable y su comportamiento nada conflictivo, por lo que gozaba de la aprobación de monjas, profesores y de su padre, que procuraba volcarse en atenciones los fines de semana y las vacaciones que pasaba en casa. Daba la impresión que pretendía compensarla de los sinsabores con los que la vida la había castigado de manera inmerecida.

 

El autobús que la transportaba a la capital -a cuarenta y cinco kilómetros de su pueblo- para incorporarse al internado y a las clases, ya estaba en marcha en la estación, y los viajeros más madrugadores estaban ocupando sus asientos. Se despidió con dos protocolarios besos de su padre y lo vio alejarse tranquilamente en su todoterreno, para atender sus quehaceres ordinarios.

 

Dejó su pequeño maletín de fin de semana en consigna y encaminó sus pasos calle abajo, rezando para no cruzarse con ningún conocido. Era bastante temprano, por lo que nadie advirtió lo anómalo de su recorrido a esas horas intempestivas. Llegó hasta la ermita y enfiló, por la parte trasera, el estrecho camino de tierra que conduce al camposanto, aligerando el paso. La cancela estaba asegurada con un contundente candado, lo cual no fue obstáculo para penetrar en el recinto: trepó y saltó al otro lado con una inexplicable agilidad, que le costó dejar hecha jirones la falda plisada del uniforme.

Una vez dentro, se sintió sobrecogida por el silencio abrumador que la envolvía, roto solo por los potentes latidos que porraceaban su pecho y su garganta. En un instante se plantó frente a la tumba de su madre, en la que clavó su mirada, anegada inexorablemente por lágrimas espontáneas que surcaron sus mejillas como tantas veces.

 

-        Ya estoy contigo, mamá. Te echo tanto de menos…

 

El enterrador llevaba más de una hora faenando en el cementerio, con su carretilla y sus herramientas de trabajo cuando, en su cansino deambular por sus calles de la muerte, se topó con la escalofriante estampa: una joven hundida en las arenas movedizas de la vida eterna. Una vida eterna que el pobre hombre ahora intuye tan falsa como las promesas de una legión de charlatanes de pueblo.

Nadie supo cómo pudo romper el muro y acomodarse sobre el féretro, abrazándolo. Tenía las uñas rotas y cortes en toda su anatomía. Pero su semblante denotaba serenidad y descanso. 

Descanso eterno.