Este es mi espacio, mi pequeña parcela de libertad, mi válvula de escape, mi cofre de sentimientos, mi retiro, mi confesionario, el escondite de mis rebeliones, el escaparate de mi alma.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Enseñar en tiempos de pandemia.


                            
El año pasado, por estas fechas, andábamos discutiendo los maestros sobre estándares de aprendizaje que a mí, particularmente, me traían por la calle de la amargura. Este septiembre que nos ocupa, tan cogido con alfileres, nos tiene embotados con las medidas de seguridad que tenemos que adoptar para procurar mantener el bicho a raya, contemplando todos los escenarios posibles que puedan presentarse a medida que transcurran los días.
Los colegios van a parecer campos de concentración. Nunca imaginé tener que zonificar el patio de recreo, cuadricularlo con un centenar de vallas, para evitar que los niños de una clase “burbuja” se mezclen con los de otra, aunque sean sus amigos de toda la vida. Nunca imaginé un recreo sin pelotas con las que jugar. Nunca imaginé un patio lleno de niños enjaulados y con bozal, que no pueden jugar ni siquiera al “pilla-pilla”. Nunca imaginé que la capilla del colegio, lugar de recogimiento y oración, hiciera las veces de puerta de entrada adicional, ni que las filas serpentearan por su interior para distribuir a los alumnos desde allí a las aulas. Nunca imaginé sentirme como soldado raso en una guerra en la que me estoy jugando la vida, como todos mis compañeros.
Han cambiado las prioridades: ya no es lo más importante que nuestros alumnos progresen personal y académicamente, sino tenerlos recogidos en los colegios –salvaguardando todo lo posible su salud- para que sus padres puedan acudir a sus puestos de trabajo y así sacar adelante la economía de una España devastada por esta indeseable pandemia. Algunos de esos padres son sanitarios, pieza clave en la situación actual.
Cuando nos confinaron, pocos conocíamos casos de Covid-19 en nuestro entorno pero, a estas alturas de la película, más de uno hemos visto sufrir las consecuencias de esta imprevisible enfermedad en algún familiar, amigo, compañero, conocido, incluso en primera persona.
Hemos habilitado en el centro un espacio reservado a los casos sospechosos o confirmados que vayan apareciendo, y se nos ha instruido a los docentes sobre los protocolos de actuación a llevar a cabo, llegado el momento.
Voy a proponer destinar un rincón, si es que aún queda algún metro cuadrado disponible en todo el edificio, para que los profesores nos escondamos en él para llorar a moco tendido, cuando ya no podamos más. Estoy convencida de que vamos a necesitarlo, si queremos evitar que nuestros niños nos vean flaquear. Porque estaremos desbordados. Estamos desbordados.



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