Este es mi espacio, mi pequeña parcela de libertad, mi válvula de escape, mi cofre de sentimientos, mi retiro, mi confesionario, el escondite de mis rebeliones, el escaparate de mi alma.

jueves, 27 de junio de 2013

Juan, el taxista


En Badajoz estamos en fiestas esta semana. Es la feria de San Juan, que se celebra cada año en los primeros días del solsticio de verano. Suele coincidir con el comienzo de las vacaciones escolares, con los exámenes de Selectividad y este año también con una exultante luna llena, que pinceló la superficie del Guadiana con brillos argentados y destellos de brujería.


Mientras tronaban los fuegos artificiales y salpicaban el cielo de luces multicolores, afloraban a mi memoria recuerdos de mi padre, Juan. Tal vez la pólvora despertaba en mi interior la estampa de celebraciones familiares en torno a su onomástica, o quizás la nostalgia viene de visita, sin avisar, cuando menos te la esperas.


Me senté delante de mi portátil y aporreé el teclado, tal y como me iban brotando las frases de mis recuerdos y de mis sentimientos. El escrito que resultó deseo verlo publicado en la revista de la feria y fiestas de Santa Marta, que se celebra el 29 de julio. Es el siguiente:

Juan era un hombre campechano y afable, sencillo en el trato, agricultor modesto, pero con ganas de ver mundo y de progresar por el bienestar de su familia, con un gran afán de superación personal, uno de los valores que de él aprendí, al que pocas veces vi enfadado y nunca perder los estribos. 


Eran tiempos difíciles para la mayoría, y sacar adelante cuatro hijos en la segunda mitad del siglo XX, con un solo miembro aportando económicamente, una verdadera heroicidad. Era necesario llevar una vida muy ordenada y austera, y hacer encaje de bolillos con el “debe” y el “haber” para atender todas las necesidades con maestría. Nunca nos faltó de nada, pero también es verdad que por aquella época no teníamos necesidades creadas, como ocurre hoy en día, y sabíamos disfrutar de una existencia sencilla en su diario transcurrir. Logró formar una gran familia, y le imprimió mucho amor, grandes dosis de cordialidad y respeto, y un cargamento de honorabilidad.


Aún recuerdo, siendo muy niña, a mi padre chupando la mina de un lápiz, previamente afilada con su navaja de bolsillo, con el que cuadraba sus cuentas sobre un papel de estraza. Cuando yo nací, en el año 60, era una boca más que alimentar, la 3º en la línea de sucesión, y Juan sacó a pasear su espíritu emprendedor, se lió la manta a la cabeza, y compró una furgoneta DKW para servicio público, con el dinero que sacó de vender unas cuantas fanegas de tierra. Eso le permitió conocer multitud de destinos de la geografía española, adquirir mayor nivel de mundología, de cultura callejera, además de incrementar sus ingresos en la economía doméstica. 


Muchos años estuvo llevando viajeros de acá para allá, (incluso alguno nació en el asiento trasero), los últimos años con un Seat 1.500 blanco alargado, al tiempo que atendía como podía sus tierras de labor, de cereales, olivos y viñas. Siempre tenía la mirada puesta en el cielo, un cielo cruel que a veces dejaba caer toda su furia  sobre el suelo fértil y echaba a perder las esperanzas depositadas en las cosechas. De manera muy especial, la tormenta de granizo del 29 de marzo de 1.977, que tuvo consecuencias catastróficas en toda la comarca de Barros. Fue una de las pocas veces que vi llorar a mi padre de impotencia, ante la pérdida irreparable de toda la cosecha de uva, mientras inspeccionaba las parras con desolación.


Aunque la mayoría de las imágenes que conservo en mi disco duro sobre mi padre son alegres. En las reuniones familiares era todo un show oírle contar siempre el mismo chiste, el de los músicos, porque él mismo se tronchaba desde el principio y apenas se le entendía lo que decía, con la ventaja para los demás de saberlo de memoria, y aún así llorábamos de la risa hasta desencajarnos la mandíbula. Le gustaba tocar la armónica sentado en su “orejón” del comedor o durante los viajes en coche. Infinidad de veces cerraba la puerta de casa dejando las llaves dentro, y trepaba por las rejas de las ventanas hasta el doblao en un santiamén, con una agilidad sorprendente, para abrir desde dentro al resto de la familia. Cuando llegaba a comer a mediodía, iba silbando por el pasillo hasta el patio, para hacer notar su presencia. Era también un bailarín estupendo, paseaba con ritmo y gracejo a mi madre por toda la pista de baile en el Casino, en una boda o en la verbena de la feria, al son de un pasodoble, de un tango o de un bolero. Y aún resuena en mi memoria su voz, cantando sobre mi mano el “pimpirigaña” cuando yo era pequeña, y más tarde con mis hijos… 


 Hace 21 años que viajó, solo y sin billete de vuelta, pero aún lo siento cerca en muchas ocasiones y sueño con él, dormida y despierta. Si él viviera, yo tendría seguro alguna macetita de perejil en casa, no habría malas hierbas en mi arriate, ni arreglo o chapuza que se resistiera a su poquito de alambre y al toque maestro de su navajina.
Juan Núñez Caballero, Juan el taxista, como le llamaba todo el pueblo, un hombre sencillo y bueno de Santa Marta, en cuyo progreso participó activamente: como uno de los fundadores de la Cooperativa; y  también como concejal, cuando ese cargo era exclusivamente de servicio desinteresado a la comunidad y sin ningún tipo de remuneración. 


Vaya hoy mi homenaje por él, por mi padre, que ha sido, es y será pieza indispensable en la persona que en mi interior se ha forjado, a su imagen y semejanza, de lo que me siento profundamente honrada y orgullosa.

                                                                             Maribel Núñez Arcos.






2 comentarios:

  1. ¡¡¡Precioso homenaje a un buen hombre !!!
    Un beso desde El Terrao.
    :)

    ResponderEliminar
  2. Gracias, compi. Disfruta tus vacaciones y carga las pilas para empezar con fuerza en septiembre.
    Un besazo desde Maribelandia.

    ResponderEliminar