Este es mi espacio, mi pequeña parcela de libertad, mi válvula de escape, mi cofre de sentimientos, mi retiro, mi confesionario, el escondite de mis rebeliones, el escaparate de mi alma.

jueves, 10 de agosto de 2017

Tiempo de Perseidas



Agosto es tiempo de Perseidas, que cruzan juguetonas los cielos de noches cálidas, para unos iluminando sus miedos, para otros señalando el camino de sus sueños.
Agosto es tiempo de maquillar de tonos dorados los rostros aceitunados que ilustran hojas del calendario menos festivas, de sombrear el blanco inmaculado que ha estado escondido bajo nuestra ropa de abrigo.
Es andar con los pies descalzos por la arena blanca de la playa, o sorteando los espumados ribetes de las olas. Es recorrer ese laguito que las mareas, caprichosas, se empeñan en instalar en su cansino vaivén, paraíso de pequeños y tranquilidad para los adultos que les vigilan durante sus juegos. Es cruzarte con el niño que se afana en construir castillos que duran lo que una noticia de rabiosa actualidad en la memoria colectiva, cuando la siguiente asalta los informativos. Con parejas que juegan a las palas, aunque tienen los días contados, porque ya multan hasta por estornudar. Con cuerpos “diez” tumbados sobre bonitas toallas, con hambre de sol como si no hubiera un mañana. Con familias numerosas bajo un sembrado de sombrillas en torno a una mesa, en la que lucen sin pudor rojas sandías junto a litronas de cerveza y tortilla de patatas. Cruzarte con vendedores ambulantes que, inmunes al desaliento, llevan sus dedos cargados de perchas de las que cuelgan vestidos playeros de mil colores, o pulseras y relojes para todos los gustos, y su alma cargada de esperanza. Con carretillas que surfean la playa, empujadas por voceros que van ofreciendo bebidas frescas, chucherías o melocotones de Calanda. Y en las largas tardes de estío, te cruzarás con el carrito decorado en rojo y blanco de “El Pampi”, ofreciendo sus apetecibles dulces para merendar; o el sempiterno culturista, llevando un cenacho en cada brazo hipermusculado, gritando aquello de: “Bolinhas de Portugal, con crema y sin crema, con chocolate…”, con todo un séquito de chiquillos detrás haciéndole los coros.


Agosto huele a sardinas, a choquitos, a gambas blancas, a tinto de verano, a arroz de marisco en el chiringuito “Leiva”, a pan recién sacado del horno del “Bollo Loco”, a mojitos del “Wilson”, a churros del quiosco, a pizzas de “La Yema de Oro”. Suena a ritmos latinos en nuestros oídos y en nuestros pies. Suena a renglones y páginas de libros devorados en silencios vespertinos compartidos hasta que el sol se despide por el horizonte. Se siente en la caricia gélida del agua salada en cada inmersión, en el pelo recién salido de la ducha, en el suave tacto de una piel bien hidratada, en el roce casual de dos cuerpos en traje de baño.
Es también agosto el repartidor de butano, que se hace fan temporal de los clásicos, y anuncia su demandada presencia con las notas de “Para Elisa”, inundando las calles con la melodía de Beethoven.
Agosto es el momento de perder el tiempo a pierna suelta, de castigar al ostracismo la madrugadora alarma que nos mortifica el resto del año, de castigar las obligaciones con un látigo de indiferencia, de ignorar las prisas con premeditación y alevosía.
Agosto es tiempo de correr sin cobardía, sobre asfalto o sobre arena, persiguiendo una meta sin huir de ningún sacrificio, empujado por una delicada brisa, bajo un cielo brillante y arropado por un aire limpio de impurezas.
Agosto es tiempo de siesta de camisón y Ave María, de distendidas charlas en familia, de emplear el enigmático lenguaje del abanico, de tomar el fresco entre amigos con una copita por delante, de ver una película en el cine de verano comiendo pipas, de comprar algún capricho en los puestos del paseo, tomar un rico helado en “Los Ángeles” y de escuchar el rumor del mar a la luz de una luna argentada.
Agosto tiene muchos nombres propios, y uno de ellos es La Antilla (Huelva). Pocos atardeceres como los que se pueden disfrutar desde este rincón del suroeste de la Península Ibérica. Su mar, su cielo, sus dunas, sus gentes, sus productos gastronómicos, son un regalo para los visitantes, el refugio perfecto para desconectar de la rutina y cargarse de energía.
Agosto es tiempo de enamorarse de la vida, tiempo de fantasear futuros impredecibles.
Ya llegará septiembre preñado de noches prematuras, de lluvias por sorpresa, de los primeros atascos, de días de “corre que te corre”.

Agosto: el de las horas muertas, el de las mareas vivas, el de los amores perecederos, y el de los amores de toda una vida.



lunes, 7 de agosto de 2017

"Juego de las Diferencias" 2017


Bueno, cumplidos los 57 y desde que estrené la cincuentena, me obstiné en dar fe de los cambios que el tiempo va firmando en mi persona, aunque los contras irán pesando cada vez más comparados con los pros. A quien no le guste, que no mire. Este es mi espacio y lo administro sin dar explicaciones.




La evolución puede corroborarse en el "Juego..." del año pasado, haciendo clic en este enlace:

El "Juego..." de años anteriores.

Por hoy, esto es todo, amigos. Sed moderadamente felices, o al menos intentadlo (como yo...)


viernes, 21 de julio de 2017

Verano andante



Camina el verano entre olas de calor, de la mano del letargo de sus días, que recitan la cuenta atrás del sueño tantos meses idealizado. Ese sueño de colores vivos, de azules que explotan en la mirada, de manantial inagotable de sonrisas, de noches arropadas con estrellas, de brindis por la vida, de amigos rescatados del olvido, de caricias con sabor a fruta fresca, de dulces siestas compartidas. 

Camina el verano a pasos agigantados, borracho de deseo, saltando como un atleta por encima de noticias grises, esquivando flechas de fuego, aguantando piedras en los zapatos, sorteando retenciones de tráfico, sin otra meta que llegar sano y salvo a la maratón del otoño, tras el acopio de  alimento energético para el alma atormentada.

Camina el verano sobre una alfombra de renunciamientos obligados, y camina con los pies descalzos, a la caza y captura de unos deshilachados momentos de felicidad a medias, que nos resarzan de tan agónica espera.

Camina el verano, y en sus horas nuestras vidas se escurren en un torrente de dulce esperanza.




domingo, 16 de julio de 2017

Sísifo o el esfuerzo inútil


Como todos los veranos España está que arde, en sentido literal y en sentido figurado. Algunos temas siguen suscitando incertidumbre y levantando ampollas, como el del independentismo catalán. Los independentistas son inmunes al desaliento, por más que sus pretensiones coleccionen hermosas calabazas, y han conseguido enfadar al Gobierno con su despliegue de argucias. Podrían acabar como Sísifo, claro ejemplo del esfuerzo inútil e incesante de los hombres. Tengo una enorme curiosidad por saber cómo podrá evitarse la celebración del referéndum en la fecha que proclaman a los cuatro vientos, y albergo esperanzas de verla reducida a un simple farol. Confío que se tomen los acontecimientos con calma. Despasito, que es lo que se lleva, pero sin que les tiemble el pulso, haciendo valer la Constitución que hace décadas votamos responsablemente. Sugiero, ya que los independistas quieren preguntar en las urnas, que les dejen, pero que nos pregunten a todos los españoles. Habrá compatriotas que los apoyen en su determinación y otros que no quieran renunciar a Cataluña porque unos pocos pretendan llevársela. Si desde el primer momento se hubiese optado por esta posibilidad, a lo mejor hoy no estaríamos polemizando sobre este manido asunto. Sísifo, como castigo, fue condenado a perder la vista y a empujar perpetuamente un peñasco gigante montaña arriba hasta la cima, sólo para que volviese a caer rodando hasta el valle, desde donde debía recogerlo y empujarlo nuevamente hasta la cumbre y así indefinidamente. Puede que los separatistas estén condenados a algo parecido, si no pegamos un puño sobre la mesa. Eso sí, despasito.