Este es mi espacio, mi pequeña parcela de libertad, mi válvula de escape, mi cofre de sentimientos, mi retiro, mi confesionario, el escondite de mis rebeliones, el escaparate de mi alma.

martes, 13 de noviembre de 2018

Zapatos de niños



Leo con desasosiego que el Gobierno quiere que los alumnos puedan sacarse el título de Bachillerato aunque tengan una asignatura suspendida. Cada novedad que se incorpora en Educación, lejos de subir el listón académico, no hace más que empeorar el nivel de nuestros estudiantes desde hace décadas. Una cosa es teorizar desde el cómodo sillón de un despacho (¡qué bonitos son los estándares de aprendizaje…!) y otra bien distinta empolvarse las manos de tiza mientras lidias con más de 25 alumnos por aula en horario lectivo y con sus correspondientes progenitores en otras franjas horarias. 
Flaco favor le hacemos a nuestros niños y jóvenes dándoles todas las facilidades, poniéndoles en bandeja lo que deberían ser responsabilidades de ellos, porque sin darnos cuenta, aunque sea con la mejor intención, estamos gestando una nutrida generación de inútiles, pusilánimes y comodones que no saben hacer la o con un canuto, pero saben reivindicar derechos desnudos de obligaciones. 



Dejen los padres que sean los niños los que apunten sus tareas, los que estén pendientes de entregar a tiempo los trabajos que se les piden, los que estudien las materias haciendo sus esquemas y resúmenes, los que planifiquen su horario de tarde para atender a todas sus actividades, los que hagan sus dibujos y sus manualidades, aunque no queden perfectos, los que preparen su ropa de deporte la noche antes de la clase de Educación Física; dejen los padres que sus hijos aprendan a aprender, aprendan a fracasar, aprendan a esforzarse, aprendan a descubrir, aprendan a equivocarse, aprendan a empatizar, que aprendan a aburrirse. Sí, a aburrirse. También, no pasa nada. Los niños tienen que andar su propio camino, padres y profesores tenemos que indicarles el sendero, no meternos en sus zapatos.


sábado, 10 de noviembre de 2018

Un ramito de violetas


Hace ya la friolera de 32 años... Yo tenía 26, y papá 27. Éramos jóvenes, estábamos empezando a coger soltura en la vida, y no teníamos nada, excepto mucho amor y muchas ilusiones que cumplir.



Tú viniste a dar sentido a nuestra convivencia, a sacarnos de nuestra zona de confort para conducirnos a una carrera de retos extenuantes pero maravillosos. Volvería a traerte al mundo mil veces que viviera. 




Que seas muy, muy feliz, este año y los venideros. Cuando vengas del otro lado de la piel de toro podremos celebrarlo en familia.





            Felicidades, cariño. ¡Pásatelo bien!




martes, 30 de octubre de 2018

Compro días de 36 horas


 
Dicen que hemos asistido al último cambio horario que llevamos a cabo desde hace décadas. El que nos abre las puertas del invierno se presenta con una hora extra debajo del brazo, debe ser ese el motivo por el que me gusta más que el cambio de marzo. En todo caso, me parece un despropósito; he escrito sobre el 2x3 y sobre el 3x2, que podría parecer lo mismo pero no es ni parecido. Era más fácil cuando en lugar de cambiar los relojes se cambiaban los horarios para empezar a desarrollar cualquier actividad: en verano todo empezaba más temprano y en invierno algo más tarde, para emparejar nuestras vidas con el astro rey.
Ahora que en las redes proliferan las páginas de compraventa, voy a demandar días de 36 horas para comprar, las 24 de las que dispongo me resultan claramente insuficientes para atender todos los frentes. Se equivocan los que creen que el dinero es lo más importante en la vida: lo realmente trascendental es el tiempo. Los precios de todas las cosas no deberían cuantificarse en euros, sino en minutos o en horas de nuestra vida. Ir consumiendo el tiempo nos conduciría poco a poco hasta la irremediable muerte: una vez gastado todo nuestro tiempo disponible, habría llegado también el fin de nuestra vida.
Si alguien vende días de 36 horas, porque le estorban en casa, se los compro: tengo tiempo libre para pagar. Valga como garantía este desahogo que acabo de escribir en mi blog, paranoias aparte.



miércoles, 10 de octubre de 2018

FEZ


Fez es la tercera ciudad de Marruecos, después de Casablanca y Rabat. Una ciudad fascinante y llena de contrastes, con calles laberínticas y una Medina que te transporta a la Edad Media como por arte de magia.







Tuvimos un espléndido y dicharachero guía, Abdul, que nos instruyó debidamente en dos días por aquellos lares, sin el que nos habríamos perdido en aquel entramado laberíntico de calles estrechas como la cintura de una avispa.










Visitamos una fábrica de cerámica en el zoco de los alfareros y una fábrica de piel en el zoco de los curtidores.









Me llamó la atención una pequeña escuela en medio del bullicio de una callejuela comercial, en la que la maestra, que en ese momento estaba fregando el suelo con la puerta abierta, me invitó a entrar y a hacer fotos, pidiéndome amablemente un donativo cuando me iba.




De cuando en cuando, entre los transeúntes, aparece un burro cargado hasta las orejas, y hay que apartarse para dejarle sitio. Si oyes “¡Belek! ¡Belek!” detrás de ti, mantente apartado porque un burro con cargas pesadas está pasando cerca y puede arrollarte. Incluso vimos y pudimos fotografiar desde el autobús un burro suelto por la calle.




Nos alojamos en el hotel Marriot, un lujo inconcebible en una ciudad con tanta miseria en otros rincones.





Hubo una cena especial en el Palais Sheherezade, en la que sirvieron, entre varias recetas típicas de Marruecos: tagine de cordero, pastela de pollo y almendras y otra pastela de crema. Amenizaron con música en directo y con la actuación de una bailarina de la danza del vientre. El palacio es de ensueño.





















 Incluso el aeropuerto de Fez Saïss, desde donde volamos a Madrid, me pareció especial.





Y hasta aquí nuestra escapada. Ya estamos planificando la siguiente...