Este es mi espacio, mi pequeña parcela de libertad, mi válvula de escape, mi cofre de sentimientos, mi retiro, mi confesionario, el escondite de mis rebeliones, el escaparate de mi alma.

miércoles, 1 de agosto de 2012

El juego de las diferencias 2.012


      

     Ya estoy donde quería. He madrugado sin atisbo de pereza, para terminar de recoger lo necesario, y dejar a los que se quedan lo que creo les facilitará mi ausencia. He conducido con alegría los trescientos kilómetros que me distancian de mi refugio, y he llegado con tiempo de saludar a mis amigos y darme un par de baños antes de comer. Tengo por delante un agosto que necesito tanto como creo que me pertenece en justicia. He sido muy aplicada este curso, he trabajado duro en el colegio y en casa, y los resultados han sido altamente satisfactorios.

     Cuando faltaba poco trayecto para llegar, he advertido que ya no huele a mar como antaño. Recuerdo mis vacaciones en la infancia y en la juventud, y cómo la señal inequívoca del término del viaje a la playa era un inconfundible olor a yodo y a sal, que yo respiraba a grandes bocanadas bajando los cristales de las ventanillas del coche, y que quedó tatuado en mi pituitaria por los siglos de los siglos. Por algún motivo, que intuyo, la cercanía al mar ya no huele como entonces, y bien que lo siento, porque constituía para mis sentidos, sobre todo para mi olfato, un indescriptible placer que en la actualidad no disfruto.


      Pero quedan otros: mis desayunos en la terraza contemplando los azules continuos del mar con el cielo; mis inmersiones solitarias a primera hora de la mañana entre olas que me arrullan con su gélido abrazo; mis placenteras lecturas vespertinas, apurando hasta el último rayo de sol, siguiéndolo en su diario juego del escondite, tras los edificios vecinos por el oeste; las dulces madrugadas al raso, bajo un techo de Perseidas juguetonas; los paseos hasta la feria del libro, sorteando un mercadillo salpicado de ruidosos veraneantes; las sesiones de películas en el cine de verano, degustando un delicioso bocadillo casero y una lata de cerveza bien fría; las raciones de gambitas y de pescaíto, o las coquinas que me salen para chuparse literalmente los dedos…  Grandes placeres  –o pequeños, según quien los considere- que aprecio en su justa medida, que anhelo durante todo el año y disfrutaré a dos carrillos estos próximos treinta días. 

     Y, como en los años anteriores, hoy el post lo dedico al “juego de las diferencias” que comencé en 2.010, año en el que cumplí los 50. Consiste básicamente en encontrar los estragos que el calendario infringe a mi añosa anatomía, con el soporte de unas cuantas fotografías, tomadas cada verano en el mismo rincón de mi terraza, y que no están retocadas digitalmente, como no podía ser de otra manera, porque perderían la gracia y la transparencia de las que el juego presume con arrogancia.

     Si bien es verdad que a muchos de los que estáis leyendo mi blog os importa un bledo, -estáis en vuestro derecho- y aún a riesgo de parecer egocéntrica, lo publico porque para eso yo mando en esta página, y al que le parezca irrelevante, que no lo lea. No todo lo que escribo tiene que ser serio, místico, reivindicativo, poético o tragicómico. Esto es una chorrada, y lo asumo. Ahí va el documento gráfico.

Foto 1- Año 2.010: 50 años.


Foto 2- Año 2.011: 51 añazos.


Foto 3- Año 2.012: 52 tacos


                            CONCLUSIONES FINALES.


1-     A la vista está que “a quien madruga, Dios lo arruga”. Tendré que replantearme esta cuestión. 

2-   Diríase que si “a palabras necias, oídos sordos”, también entenderíamos “a imágenes patéticas, gafas de corcho”,…o algo así.

3-     Estoy a punto de entrar a formar parte del club “Plañideras sin fronteras”, después de este post.

 
4-     Decididamente, “si lo sé, no vengo”.

MIL PERDONES, a las que usan tacones y a los que lucen…borlones.


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