Este es mi espacio, mi pequeña parcela de libertad, mi válvula de escape, mi cofre de sentimientos, mi retiro, mi confesionario, el escondite de mis rebeliones, el escaparate de mi alma.

lunes, 15 de agosto de 2016

Pavesas del pasado



                               Pavesas del pasado

Cayó al vacío en medio del caudal de agua de una inmensa catarata. Un recorrido de vértigo que, sin embargo, disfrutaba como si de una divertida montaña rusa se tratase. El impacto con la superficie del lago, que recogía finalmente hasta la última gota de agua de tan paradisíaco manantial, fue gratificante y nada traumático. La temperatura del agua acariciaba cada centímetro de su piel, de los pies a la cabeza.
Transcurridos los primeros instantes de indescriptible experiencia, se dio cuenta que necesitaba respirar. Pero estaba en lo más profundo del foso, y por más que se impulsara hacia arriba, no llegaría a tiempo a la superficie.
Aguantó unos segundos más antes de rendirse a la evidencia. Inspiró lenta y profundamente, cerrando los ojos en su último aliento. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando al abrirlos de nuevo constató que era posible respirar bajo el agua, y con la ilusión de una niña en la mañana de Reyes, respiró y respiró, inflando el pecho, riendo y manoteando mientras ascendía por el camino hacia la luz.


Fue entonces cuando algo comenzó a soliviantarla, mientras ella intentaba zafarse de aquel engendro que le impedía seguir saboreando su sorprendente descubrimiento. Se tapaba la cabeza para evitar que se le acercara, pero el zumbido era cada vez más persistente. Tenía que cubrirse de alguna manera, la luz ya se veía cerca. Tiró de la sábana, removiéndose en la cama, cuando se percató que había sido un sueño, truncado por un antipático mosquito mañanero.
Miró el despertador de la mesita de noche: eran las 7:30, y el sol se abría camino a pasos agigantados por el levante.
Aunque era algo temprano para iniciar la jornada veraniega, pensó aprovechar la coyuntura para dar un repaso al trastero, que desde hacía algún tiempo pedía a gritos una evacuación.
Tomó café mientras tomaba contacto con la realidad y desconectaba de la ficción onírica. En cuanto abrió la puerta y encendió la tenue luz que emitía una triste bombilla colgando del techo, le asaltaron unas ganas irrefrenables de cambiar de planes. El pequeño habitáculo estaba literalmente atiborrado de cachivaches, inmersos en el caos resultante de remeter cualquier trasto de cualquier manera, con tal de quitarlo de en medio. Dos tablas de skateboard, grandes bolsas por las que asomaban edredones de plumas, unas botas altas junto a varios pares de botas de senderismo, dos sacos de dormir, una caja de herramientas, un antiguo cabecero de cama, varias maletas de distintos tamaños, cajas de cartón en los estantes…


Se quedó bloqueada ante ese maremágnum, sin saber por dónde empezar. Llamó su atención una pila de apuntes,  que atesoraba desde su época de universidad, en carpetillas de plástico, algunos encuadernados primorosamente, otros en libretas con pastas de cartón… Al moverlos de sitio, salió disparada una pequeña agenda, que vino a parar a sus pies, empapando de sombras de reminiscencias juveniles el frágil momento. Era de antes de la carrera, justo del curso anterior. La recordaba de manera vaga, e instintivamente comenzó a hojearla.
Los recuerdos la asaltaron a traición. En cada página podía leerse una tarea o un propósito diario, escrito de su puño y letra. Siempre le habían alabado su caligrafía, de trazo suelto y letra perfectamente legible, de impecable ortografía, en la que no faltaba ni una tilde, ni el travesaño de ninguna t, ni los puntos sobre las íes, ni una coma, paréntesis, signo de admiración, interrogación, o ningún otro signo de puntuación que el escrito precisara.

Día 5. Diseñar mi vestido para la feria y llevarle la tela a la modista.
-Debajo, el dibujo a mano alzada de un vestido visto de frente y de espaldas, con notas laterales sobre detalles explicativos con respecto al escote, las mangas y el coqueto adorno de la cintura-

Día 15. Ensayar en casa la actuación del sábado con el grupo de folk. No olvidar comprar la 1ª cuerda de la guitarra, que se rompió el jueves. Llegar a un acuerdo firme sobre el orden de los temas. ¡Comprar miel para las gárgaras!

Día 21. Llamar desde una cabina a JL. Hacer acopio de monedas. Guion escrito del monólogo.

Un nudo le apretó la garganta al leer las siglas, similar al que notó cuando vio su esquela en el periódico años atrás, sin saber siquiera de su enfermedad.
Soltó la agenda y salió de aquel cuchitril a despejarse un poco en la terraza. Se detuvo ante el espejo del pasillo y no le hizo la pregunta de la mala del cuento de Blancanieves, pero sí le interrogó con descaro y con escepticismo:

-¿eres tú…?

Ante la impasibilidad del espejo, que se limitó a devolverle su propia imagen, se sentó en una silla, mirando el horizonte sin verlo, al tiempo que buceaba en las pavesas del pasado que revoloteaban a su alrededor.


¡Ay, aquellas viejas cabinas telefónicas, que permitían llamar anónimamente…! Todo un privilegio, casi imposible a día de hoy, con nuestros inteligentes artefactos que identifican, ubican y casi analizan nuestras constantes vitales a través de algunas aplicaciones. El único problema por aquel entonces era quedarse sin monedas y que la conversación se interrumpiese a medias. Teniendo monedas de cinco duros para empezar, y unas cuantas de cinco pesetas para ir alargando la llamada lo que fuese necesario, asunto solucionado.
El factor sorpresa era crucial. Había que pillarlo desprevenido, tenía que quedarse callado, escuchar con atención aquella voz susurrante confesándole su amor, dejándole con la intriga emocionante de averiguar quién se declaraba esclava de su corazón. Un papelito doblado cuatro veces con el texto escrito, para esquivar los nervios, para que ningún sentimiento se quedase en el tintero, para volcar en esas palabras toda la pureza contenida secretamente en su alma adolescente.
Con la firme determinación de llevar a cabo su propósito, entró sola en la cabina de una esquina lejana a su casa, para evitar que algún conocido pudiera observarla.
Era la hora de la siesta de un mes de julio, en que las avenidas de la ciudad están desiertas y ninguna persona cabal se expone a derretirse entre sus propios fluidos, con 40 grados a la sombra. Las calles parecían un cementerio de coches aletargados, convalecientes de una canícula pertinaz e inmisericorde.


Sola, completamente sola. Aunque le temblaban las manos y las piernas y el corazón le saltaba en el pecho, desparramó las monedas en el poyete para irlas depositando a medida que la cabina se las tragara; desdobló su papelito y marcó cuidadosamente con su dedo índice en la rueda el número de  teléfono, que llevaba apuntado y subrayado en su memoria.

-¿Diga…?

Era él. Sin lugar a dudas, era su voz. En eso también tuvo suerte, podría haber contestado otro interlocutor, y habría tenido que colgar, perdiendo esos primeros cinco duros. 

-¿Dígame…? –repitió con impaciencia.

A partir de ese momento, en que ella comenzó a leer el papelito con parsimonia, él se limitó a escuchar, obedeciendo dócilmente las instrucciones que le iba dando. Ella, con una voz impostada, imposible de reconocer, le iba susurrando el mensaje que tenía preparado. Se intuía la respiración entrecortada al otro lado del teléfono, y el silencio envolvente solo se quebraba cada vez que caía una nueva moneda. Ese era el único gesto de autenticidad en aquella situación surrealista.
Fueron unos minutos en los que el reloj se detuvo en seco, haciendo del tiempo una coordenada volátil, efímera y eterna al mismo tiempo. Él aguantó estoicamente, y sin pronunciar palabra, un silencio interminable tras la sincera declaración de despedida, un “te quiero” con el que ella puso punto final a su monólogo, colgando el auricular sin prisa.
Recogió los duros sobrantes, dobló el papelito cuidadosamente, y volvió a casa sobre sus pasos sin que nadie advirtiera su premeditada maniobra. Nunca lo comentó con nadie. Escondió la chuletilla entre sus papeles, y hasta hoy no había sido indultada de su cautiverio.


Un suspiro coleó en el aire como estrambote a sus evocaciones, con la mirada perdida más allá de la barandilla del balcón de la terraza. Le pareció ver su sonrisa en aquella caprichosa nube que colgaba del azul del cielo.
Ya invadía la mañana el murmullo de la rutina, cuando salió de casa huyendo de la nostalgia con la que sin querer se topó en aquel lúgubre trastero. No encontró las fuerzas necesarias para afrontar la tarea que había emprendido temprano con decisión. Tal vez debería retomar su metódica y antigua costumbre de anotarlo todo para llevarlo a cabo.

Tal vez.




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