Este es mi espacio, mi pequeña parcela de libertad, mi válvula de escape, mi cofre de sentimientos, mi retiro, mi confesionario, el escondite de mis rebeliones, el escaparate de mi alma.

miércoles, 30 de mayo de 2018

A dieta


Cuando era veinteañera y treintañera, allá por el Pleistoceno, mi credulidad no osaba poner en duda la transparencia y la honestidad de nuestros gobernantes, que generosamente dedicaban su tiempo y sus esfuerzos a la consecución del bienestar de los ciudadanos, por encima de su propio beneficio. Por aquel entonces mi interés político ocupaba una minúscula porción de mis preocupaciones diarias, más absorbidas por la crianza de una descendencia numerosa, procurando no morir en el intento. 
A medida que he pasado página de aquellos capítulos trepidantes de mi vida, otros frentes han acaparado mi atención, y el panorama político se ha ganado su sitio, y no es para menos. Los protagonistas suelen ser malabaristas de la palabra, adquieren la habilidad de manipular las conciencias y enmascarar los hechos, haciéndote ver una realidad virtual más propia del mismísimo Matrix. 


No quiero aburrir a los lectores con una larga lista de corruptos y defraudadores que, pillados con las manos en la masa, tienen la desfachatez de argumentar “esto no es lo que parece”, por muy evidente que sea incluso para los jueces. 
De aquí para atrás me he comido mentiras de todos los sabores (dulces, picantes, sabrosonas…). Incluso puedo afirmar que me supieron muy ricas, hasta que empezaron a hacerme la pascua en el estómago. Llegados a ese punto no hay vuelta atrás, solo queda digerirlas con dolores casi de parto. Pero tantos retortijones sufridos me han enseñado la lección: las mentiras ya no me las trago a las primeras de cambio. Se acerca el verano y yo me he puesto a dieta. A dieta de mentiras en el otoño de mi vida.


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