Este es mi espacio, mi pequeña parcela de libertad, mi válvula de escape, mi cofre de sentimientos, mi retiro, mi confesionario, el escondite de mis rebeliones, el escaparate de mi alma.

lunes, 6 de julio de 2015

DIEGO








La calma de la madrugada inunda la habitación. Llega con nitidez, como un estribillo, el murmullo de las olas. El chirrido estridente del cierre metálico de la panadería de la esquina rompe el silencio, como cada mañana, e invita a desperezarse. Desprecintar un nuevo día en este entorno resulta altamente gratificante.
Huele a café recién hecho. La primera tarea consiste en mirar el horizonte desde la terraza, barnizar las retinas de una inmensa paleta de azules y llenar los pulmones del aire fresco que engalana la brisa marina. Comienzan a decorar la calle los primeros transeúntes: unos portan pan recién salido del horno, otros la prensa bajo el brazo, cada vez más pasan corriendo con su atuendo deportivo a la última moda, algunos se dan los buenos días desde un balcón a otro, interesándose por asuntos de familia o comentando las previsiones meteorológicas… En menos tiempo del que se tarda en degustar un café, la rutina veraniega bulle alrededor como un torbellino.
En la playa, a lo lejos, se distinguen paseantes, algunos con sus perros, pero la arena no está salpicada aún de sombrillas multicolores ni de risas y juegos de niños. Es el mejor momento del día para disfrutar de piscina privada tamaño XXL, y hacer unos largos sin prisa, sin obstáculos, en comunión con el mar, al calor de su gélido abrazo. Cuando María llega a la orilla, ya están allí sus fieles amigos, sentados bajo la primera sombrilla que puede divisarse en toda la playa, al abrigo de los todavía tímidos rayos de sol. Tras el cordial saludo de cada jornada, el primer baño. Ellos siempre se quedan velando por su seguridad, vigilantes si tarda en volver a la toalla, guardianes cuando se aleja nadando distraída, casi como unos padres pendientes de su niña. Más tarde es Diego quien cata el agua y nada serenamente, sin alejarse demasiado, aunque la temperatura esté por debajo del nivel de lo agradable para el común de los mortales, como corresponde a esta zona pre atlántica. A él siempre le parece que está estupenda, aunque corte la respiración. Y seguidamente, se acerca a Carmen, su mujer, para ofrecerle su mano y acompañarla hasta la orilla, sujetándola muy bien al atravesar el rompeolas, para evitar que pierda el equilibrio, y permanece con ella mientras se baña para llevarla del brazo también a la salida.
Es una pareja entrañable. Enternece verlos cogidos de la mano o tomando un helado en un velador, después de haber celebrado sus bodas de oro. Unidos, compenetrados, cómplices durante toda una vida.
Hace dos veranos que Diego sufrió una aparatosa caída a la orilla del mar. Podría no haber tenido más importancia que un mal paso sobre la traicionera e irregular superficie de la arena, pero María tuvo en aquel instante un mal presagio. El verano pasado les echó de menos. Ya no bajaban a la playa a primera hora, ni se retiraban sobre las doce, cuando el sol empieza a ser más dañino. La salud de Diego se veía mermada, precisaba ayuda para caminar el que antes ejercía de lazarillo, y en esas condiciones, a ninguno de los dos les apetecía dejarse ver, aunque solo fuera por prudencia. Tuvieron que renunciar con resignación a una de sus rutinas favoritas.
Con su ausencia, María añoró la estampa que la había acompañado tantos veranos, y rezó calladamente por sus incondicionales amigos, con la esperanza de verlos restablecidos, de nuevo en la primera línea del mar y de su vida. Pero no pudo ser.
Un año más, el calendario ha peregrinado hasta llegar al mes de julio. Y una vez más, el verano vuelve a ubicar a María en ese pueblecito costero colmado de luz, con su calma de madrugada, con el estribillo de las olas sobre su almohada, el chirrido del cierre metálico de la panadería dinamitando el silencio adormecido, y la conduce a esa borrachera de azules sobre sus ojos, a ese aire fresco mientras se toma un estimulante café, al progresivo bullicio callejero observado a hurtadillas desde su terraza. Baja las escaleras de su ático con su toalla y su silla, y en los escasos cien metros que la distancian del mar nota que la asalta un inexplicable desasosiego. Durante estos meses que su vida transcurre ajena a sus amigos de temporada, ha espantado en más de una ocasión pensamientos  negativos que han llegado a inquietarla. Carmen y Diego son mayores, y eso le hace caer en la cuenta que algún día ya no estarán al tanto de sus inmersiones ni esperando que salga del agua.
Desde la primera pisada en la arena, María advierte la ausencia de la estampa que, verano tras verano, ha tatuado en su memoria. Mira nerviosa a su alrededor, inspecciona dentro del agua, vigila el camino de acceso a la playa, pero está sola.
Cuando ya el sol es dueño del cielo y la playa un hervidero de bañistas y veraneantes, toca batirse en retirada. Es entonces cuando alguien conocido se acerca y da una explicación a sus interrogantes. Diego ya no volverá. Ya no se dará ningún otro baño con el agua helada, ni llevará a Carmen de la mano para protegerla, ni clavará la sombrilla como el que pone una pica en Flandes, ni estará pendiente de María como si de su hija se tratara. Un tumor cerebral fulminante e inoperable lo ha montado en la barca que cruza la laguna Estigia.
Al tiempo que Carmen llora desconsolada la ausencia de su compañero, María imagina a Diego sonriendo con benevolencia a su mujer, mientras aguarda con impaciencia volver a fundirse con ella en un abrazo eterno.



1 comentario:

  1. El relato es verídico en parte. Diego y Carmen son personas que conozco, aunque a él ya no le veré más en mi retiro playero. Una parte de la historia está novelada, pero la esencia es auténtica. Descanse en paz este buen hombre y que sea llevadera su ausencia para Carmen y el resto de su familia.

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