Este es mi espacio, mi pequeña parcela de libertad, mi válvula de escape, mi cofre de sentimientos, mi retiro, mi confesionario, el escondite de mis rebeliones, el escaparate de mi alma.

domingo, 2 de abril de 2017

Goldie y sus alumnos


Dibujo: Teresa Solo de Zaldívar (6º de primaria)
             
             GOLDIE Y SUS ALUMNOS

Todo era una fiesta dentro del autobús. La excursión programada semanas antes les hizo mucha ilusión desde el minuto cero. Goldie, la maestra, había pensado que una convivencia de toda la clase en un espacio al aire libre, donde pudieran jugar y bañarse en los últimos días de curso, sería una idea fantástica que todos aceptarían de buen grado.
El trayecto no era largo, pero suficiente para exacerbar sus emociones, para cantar y reír sin freno durante todo el camino.
Bajaron del autobús con nerviosismo, cargando con sus mochilas y protegiendo sus cabezas con una gorra. Hacía un día espléndido de finales de primavera. El sol lucía destacando sobre un cielo pintado de azul brillante. Al ser primera hora de la mañana de un día de diario, la playa todavía estaba desierta. Las suaves olas rompían en la orilla con su ritmo machacón, sembrando de espuma una alfombra de arena aún sin huellas. El aire era puro, y los vivos colores del paseo marítimo salpicaban de alegría la jornada.
Destacaban de forma notable, en el paisaje urbano, tres contenedores de basura, en cuyo frente podía leerse un nombre en letras grandes rotuladas en negro. Bluesey en el azul, destinado a papel y cartón, como todo el mundo sabe. Yellowy en el amarillo, en el que hay que depositar plásticos, latas y tetrabricks. Y a su lado Greena, de color verde, para todo tipo de residuos orgánicos. Uno junto a otro, parecían estar observando atentamente a sus ruidosos visitantes matutinos.
Una vez finalizado el desembarco de objetos personales en la zona que la tutora les indicó para ello, comenzaron los juegos y el auténtico disfrute de un día tan especial: balones, cuerdas, discos voladores, palas de playa, carreras por la orilla, saltos de longitud, petanca…
La mañana avanzaba entre risas y juegos, y había que reponer energías con las viandas que cada uno traía preparadas de su casa: apetitosos bocadillos, zumos de frutas, batidos, botellas de agua, chucherías…
Lo estaban pasando tan bien, que no repararon en tirar los envoltorios, papeles y restos orgánicos al contenedor de basura correspondiente. Casi sin darse cuenta, habían dejado la playa sucísima en un rato.
Fue entonces cuando notaron que los vivos y brillantes colores que colmaron sus miradas a su llegada, se habían tornado en blanco y negro. El sol se había oscurecido, el cielo estaba nublado, y los tonos amarillo, azul y verde de Yellowy, Bluesey y Greena se habían apagado hasta adquirir una tonalidad argentada. Incluso los balones, las cuerdas, los discos voladores y hasta las mochilas y gorras multicolores, se veían de un triste gris plomizo.
Todos se miraron con estupefacción, preguntándose alarmados a qué extraño acontecimiento estaban asistiendo. Goldie, la “seño”, fue la primera en reaccionar y comenzó a recoger la basura esparcida por la arena y a llevarla a los contenedores. Siguiendo su ejemplo, todos los niños hicieron lo propio, y en un santiamén de idas y venidas a nuestros amigos Yellowy, Bluesey y Greena, la playa quedó impoluta en pocos minutos.
De pronto, un niño gritó:
-¡Mirad, han vuelto los colores!
Como por arte de magia, el paisaje volvió a llenarse de luz y a cobrar vida, aumentando la intensidad de cada tono, como un arcoíris tras la lluvia.
Y todos brincaron de alegría, formaron un corro cogidos de la mano, y cantaron a coro, felices y satisfechos de haber rectificado a tiempo su actitud cívica. Aprendieron la lección.
“Si quieres a tu vida dar color
tira la basura al contenedor.
Y si aire puro quieres respirar:
sé responsable, no olvides reciclar”.
Y colorín colorado, Goldie y sus alumnos volvieron de la excursión felices de haber reciclado.



 Dibujo: Paloma Menaya (6º de primaria)

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