Este es mi espacio, mi pequeña parcela de libertad, mi válvula de escape, mi cofre de sentimientos, mi retiro, mi confesionario, el escondite de mis rebeliones, el escaparate de mi alma.

viernes, 23 de enero de 2026

Diluvio Universal

 

 

Estaba expectante e impaciente con respecto al ingreso en cuenta de mi pensión este mes de enero, con la ilusión de una subida consolidada y publicada a bombo y platillo en plataformas de información. Mi desagradable sorpresa ha sido comprobar que he cobrado menos que el mes anterior: la prometida subida se ha visto contrarrestada por un incremento del IRPF. Mi gozo en un pozo.

Me consolaría, al menos, que la aportación de mi pellizco económico sirviera para mejorar las infraestructuras ferroviarias que tanto dolor irreversible están provocando estos últimos días y, ya puestos, mandar al trullo a los responsables de la tragedia, por error u omisión. Si hay que derribar puentes, que se derriben. Pero me temo que mi obligado sablazo vaya a parar a otros menesteres que ni nos van ni nos vienen a los españolitos de bien, que parecemos hermanitas de la caridad fuera de nuestras fronteras mientras muchos compatriotas están pasando fatiguitas, sin que los mandamases de turno les presten la más mínima atención.

Aquí va haciendo falta un diluvio universal. No lo descarto, sería la reafirmación de la tan traída y llevada teoría del cambio climático, argumento que siempre se esconde entre bastidores para explicar lo inexplicable.

 


 


lunes, 15 de diciembre de 2025

Hasta aquí puedo escribir.

 


 

Hasta aquí puedo escribir.

 

Que vienen, que vienen… Los que se hicieron dueños del cortijo vinieron con dos objetivos claros: acabar con la corrupción y dar relevancia al feminismo. Pero, ¡oh, decepción!, lucen en sus filas una lista de vagos y maleantes más larga que la de los reyes godos; y otra oronda lista de puteros y acosadores, más larga que la lista de compras en El Corte Inglés de la pirómana de visas de turno. Con todo y con eso, no hay quien desocupe la cueva de Alí Babá. ¡Que no hay manera, oiga! Porque pío, pío, que yo no he sido… No me extiendo más, que son las cinco y no he comido; pero estoy bien.

Qué a gustito me he quedado, lo malo es contenerse. Lo decía Fiorella Faltoyano en su papel como Isabel la Católica en la divertida película “Cristóbal Colón, de oficio descubridor”, justo después de tirarse un pedo en una audiencia pública, mientras el susodicho le pedía los cuartos. Como dijo uno: el tiempo pondrá las cosas en su sitio. Y la historia –añado yo- si no la adulteran.

 

Y hasta aquí puedo leer. O escribir, mejor dicho.

 


 

miércoles, 1 de octubre de 2025

Retratos en sepia (Revista de Ferias y Fiestas de Santa Marta de los Barros, julio de 2025).

 


Retratos en sepia.

 

En esta época estival, en la que los horarios de colegio duermen el sueño de los justos, los padres intentan aliviar la carga doméstica buscando alternativas lúdico-deportivas para sus hijos, a fin de facilitar la tan preocupante conciliación familiar.

En la década de los 70, en la que yo era todavía una niña, la problemática no era la misma y las opciones para rentabilizar los largos veranos, sobre todo en la tranquila vida de los pueblos, muy diferentes.

Mi madre me mandaba bien pequeña al taller de Genoveva, en la calle La Morera, para que fuera aprendiendo a coger la aguja y el gustillo por las labores de costura. En aquel patio y sentadas en sillas bajas con asiento de bayón, coincidíamos un nutrido grupo de muchachas de distintas edades. Allí íbamos completando el pañito que dejaba constancia de nuestros progresos, mientras se deslizaba la tarde entre inocentes chascarrillos de unas y otras.

Algunos veranos más tarde tocaba apuntarse a las lecciones de bordado a máquina con Antonia Balsera, una fructífera actividad con un claro objetivo: empezar con mucha antelación a confeccionar las sábanas y mantelerías que formarían parte del ajuar que toda jovencita debía llevar cuando llegase el momento de su matrimonio. Aun guardo con nostalgia de aquella época el paño con todas las técnicas de bordado que, con santa paciencia y un trato amable, nos tutorizaba Antonia en los altos de su casa de la calle Almendral, donde el traqueteo de las SIGMA movidas a pedal era la banda sonora original de la canícula de julio y agosto.

Me asaltan la memoria, mientras mi boca perfila una sonrisa, los guateques que hacía mi pandilla en la cochera de Manolo Aboma, en la calle Badajoz.  Procurábamos que el volumen del tocadiscos no estuviese muy alto, para evitar que los municipales oyeran la música, nos descubrieran y deshicieran la reunión. Eran otros tiempos…

No teníamos Youtube ni redes sociales, pero nos sentábamos en la calle El Medio, en la puerta del Bar España, para charlar y escuchar, de fondo, el tema que nos gustaba de su máquina de discos. Echabas una moneda, seleccionabas la canción que querías que sonara y ¡a disfrutar! Había para todos los gustos: de Miguel Bosé a Triana, de Los Pecos a Camarón, de los Jackson Five a Lole y Manuel, de Barry White a Rocío Jurado…

No seré yo quien afirme que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, pero sí que los de mi generación tuvimos la suerte de gozar de experiencias tan sencillas como felices, gloriosas en ocasiones e, indiscutiblemente, inolvidables. Aunque algunas se desdibujen en nuestra  frágil memoria como un retrato en sepia.

 

                                                                                         Maribel Núñez Arcos.