Este es mi espacio, mi pequeña parcela de libertad, mi válvula de escape, mi cofre de sentimientos, mi retiro, mi confesionario, el escondite de mis rebeliones, el escaparate de mi alma.

jueves, 30 de abril de 2026

Nuevo cuento: Sadness


 

SADNESS

 

La tristeza es un monstruo que corroe desde las entrañas y asola el interior. Cuando solo queda en pie la fachada, la dinamita hasta quedarla reducida a escombros.

 

En el silencio de la noche se oía, de manera casi imperceptible, el llanto de una niña. Desde la calle solitaria, apenas iluminada por bombillas amarillentas que hacían guiños intermitentes a la luna, podían intuirse los sollozos inconsolables tras la persiana que daba a la fachada.

 

Se deslizaba perezosa una madrugada soporífera de agosto en un pequeño pueblo, en el que rara vez ocurría algún suceso no planificado y en el que, como no podía ser de otra manera, la feria en honor al santo constituía todo un acontecimiento.

Cada año se instalaba en la plaza una caseta en la que se podía beber vino, cerveza y refrescos y tomar unos pinchos. También hacía negocio el churrero del pueblo vecino, porque era costumbre terminar el festejo con un chocolate y unas porras, antes de empiltrarse. No podían faltar los coches chocantes, con la música a toda pastilla; ni el tren de la bruja, haciendo las delicias de algunos y siendo la pesadilla de los más miedosos, que no sabían cómo zafarse de los escobazos repartidos a diestro y siniestro durante el recorrido.

Pero lo mejor era la verbena, amenizada por una orquesta de tercera regional, que contrataba con mimo la corporación municipal. En aquel ambiente músico-festivo proliferaban los primeros escarceos de los mozos con las mozas en edad de merecer, mezclados con los pasodobles de los matrimonios consolidados, que recorrían con determinación la pista de cabo a rabo sin perder el ritmo; por no mencionar el séquito de cotillas sentadas alrededor, sin perder detalle de cada acercamiento, de cada tocamiento, de cada emparejamiento, mientras pasaban revista al estilismo de moda de todos y cada uno de los presentes, tema que exprimían en sus conversaciones al día siguiente y, a veces, incluso mucho después de pasadas esas fechas.

 

Para ella no había fiesta, ni refrescos, ni churros, ni atracciones de feria, ni verbena. Ella echaba de menos a su madre como el primer día. No entendía por qué había enfermado hasta morir, dejándola tan sola. Tampoco entendió que su padre contrajera matrimonio con la sirvienta muy poco tiempo después de enviudar. Sentía que era un estorbo en cada uno de los planes que hacían.

No podía sacar de su cabeza el recuerdo del muro, construido con varias filas de ladrillos, que aquel enterrador iba colocando, con indiferente rutina, en un ceremonioso compás de espera de respiración contenida, del adiós tajante, contundente, irreversible, sin prórroga, inmisericorde, temible, indeseado. Aquel muro tras el cual su madre quedó presa para siempre. Y en la oscuridad del lúgubre descanso eterno, del que hablaba el sacerdote en el funeral, ella solo imaginaba tinieblas, miedo, tal vez dolor, ansiedad, desesperación, ahogo, silencio aplastante. Por muchas flores que cubrieran el nicho.

 

Los sintió llegar de la feria y se metió rápidamente en la cama; se hizo la dormida, tragándose sus lágrimas, cuando su padre se asomó a su habitación para comprobar que todo estaba en orden. Pudo conciliar el sueño con dificultad, escuchando bajo las sábanas las risitas contenidas de la pareja mientras se desvestían y se acostaban.

 

A medida que pasaban los años, su carácter introspectivo era por todos conocido y su lánguida tristeza se había cronificado. Su etapa escolar en el pueblo tocaba a su fin, por lo que se hacía necesario continuar los estudios en la capital. Su padre decidió mandarla a un internado de monjas, seguramente con el beneplácito de su madrastra, que se vería así con mayor disponibilidad y libertad de movimientos sin su presencia en su día a día.

 

Los primeros días fueron duros: horarios estrictos para las clases, las austeras comidas en larguísimas mesas, las horas de estudio vigilado, las duchas con agua casi siempre fría, las inviolables normas de convivencia, las pequeñas tareas de limpieza por turnos, los dormitorios multitudinarios y sin intimidad… Sin contar con las internas veteranas que abusaban de su timidez y su evidente vulnerabilidad, ideal para hacer de su vida un purgatorio, en medio de su particular infierno emocional.

A pesar de todo, su evolución académica era aceptable y su comportamiento nada conflictivo, por lo que gozaba de la aprobación de monjas, profesores y de su padre, que procuraba volcarse en atenciones los fines de semana y las vacaciones que pasaba en casa. Daba la impresión que pretendía compensarla de los sinsabores con los que la vida la había castigado de manera inmerecida.

 

El autobús que la transportaba a la capital -a cuarenta y cinco kilómetros de su pueblo- para incorporarse al internado y a las clases, ya estaba en marcha en la estación, y los viajeros más madrugadores estaban ocupando sus asientos. Se despidió con dos protocolarios besos de su padre y lo vio alejarse tranquilamente en su todoterreno, para atender sus quehaceres ordinarios.

 

Dejó su pequeño maletín de fin de semana en consigna y encaminó sus pasos calle abajo, rezando para no cruzarse con ningún conocido. Era bastante temprano, por lo que nadie advirtió lo anómalo de su recorrido a esas horas intempestivas. Llegó hasta la ermita y enfiló, por la parte trasera, el estrecho camino de tierra que conduce al camposanto, aligerando el paso. La cancela estaba asegurada con un contundente candado, lo cual no fue obstáculo para penetrar en el recinto: trepó y saltó al otro lado con una inexplicable agilidad, que le costó dejar hecha jirones la falda plisada del uniforme.

Una vez dentro, se sintió sobrecogida por el silencio abrumador que la envolvía, roto solo por los potentes latidos que porraceaban su pecho y su garganta. En un instante se plantó frente a la tumba de su madre, en la que clavó su mirada, anegada inexorablemente por lágrimas espontáneas que surcaron sus mejillas como tantas veces.

 

-        Ya estoy contigo, mamá. Te echo tanto de menos…

 

El enterrador llevaba más de una hora faenando en el cementerio, con su carretilla y sus herramientas de trabajo cuando, en su cansino deambular por sus calles de la muerte, se topó con la escalofriante estampa: una joven hundida en las arenas movedizas de la vida eterna. Una vida eterna que el pobre hombre ahora intuye tan falsa como las promesas de una legión de charlatanes de pueblo.

Nadie supo cómo pudo romper el muro y acomodarse sobre el féretro, abrazándolo. Tenía las uñas rotas y cortes en toda su anatomía. Pero su semblante denotaba serenidad y descanso. 

Descanso eterno.

 


 

 

 

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