Este es mi espacio, mi pequeña parcela de libertad, mi válvula de escape, mi cofre de sentimientos, mi retiro, mi confesionario, el escondite de mis rebeliones, el escaparate de mi alma.

viernes, 11 de febrero de 2011

Vidas para lelas.





 La vida es apasionante aunque esté llena de dificultades, aunque el día a día se haga cuesta arriba, aunque las compensaciones sean insignificantes respecto a los sacrificios. Porque vivir es precisamente eso: superarse, sacrificarse, pero lo más imprescindible en la vida es amar y ser amado. El camino transcurre para cada cual por distintos senderos, que a veces confluyen. Aprendamos a disfrutar de las pequeñas cosas con las personas de nuestro entorno, digan lo que digan las lenguas afiladas. Riamos hasta desencajar la mandíbula, bailemos en cada piedra del camino, abracemos a nuestros seres queridos, contemplemos los atardeceres.
      




                VIDAS  PARA  LELAS.


  Teresa aligeraba en la cocina, intentando robar tiempo al tiempo, como era su costumbre, para no retrasarse en su cita al café con sus compañeras de promoción. Tenía antes que pasar por la tienda de los chinos para comprar el regalo de unos cinco euros destinado a su “amiga invisible”. Solía ser una chorrada, pero les hacía pasar un buen rato y les proporcionaba cuarto y mitad de risoterapia, que tanta falta les hacía.
   Cada día para ella era una auténtica prueba de resistencia. Cuando comenzaba a trabajar a las  9:00 h., ya llevaba a sus espaldas más de dos horas de lucha. Lo que peor soportaba era la pesada carga de levantar a todos y cada uno de sus hombres y conseguir que cumplieran responsablemente con sus horarios. Empezaba a despertarlos cariñosamente, con besitos y buenas palabras, en un tono de voz sereno, pero a medida que comprobaba el caso omiso que le hacían, o como respondían con una actitud abiertamente hostil, iba perdiendo los papeles y acababa llamándolos a voces y reprochando su falta de amor propio, su indolencia y su inmadurez. Habitualmente, todos llegaban a sus puestos dentro del horario previsto gracias a su persistencia, pero Teresa comenzaba su jornada laboral quemada de antemano.
   A las dos de la tarde, tras una mañana habitualmente agotadora, emprendía una nueva maratón. Sorteaba el tráfico como una experta, justo cuando más circunstancias adversas concurrían: la salida de los colegios, de los trabajos, a lo que se sumaban en ocasiones las inclemencias meteorológicas, que ya eran el sumun. Hacía una compra de emergencia en el supermercado que le cogía de camino,  el pan y poco más, y seguía surcando las calles con maestría y desenvoltura.
   Normalmente era la primera que llegaba a casa a mediodía.  Aquel día, uno de tantos en el calendario, antes de entrar en el baño, que era lo que necesitaba con más urgencia, soltó las llaves, el bolso y el abrigo, y pasó por la cocina para poner a calentar el primer plato que había estado cocinando la noche anterior hasta las once y media. Por fin, tras aliviar la vejiga y lavarse las manos, se dispuso a preparar unas pechuguitas a la plancha y una ensalada de lechuga y tomate como segundo plato, cuando llegó el mayor de sus hijos. Venía con prisa y con hambre, y después de darle un beso, revolvió con un tenedor la ensalada para probarla, y rehusó la petición de poner la mesa alegando terminar unos ejercicios que debía entregar en la facultad esa misma tarde. Mientras atendía a dar la vuelta a los filetes, se sirvió una copita de ribera del Duero para ir entonando el estómago, y entre sorbito y sorbito, iba poniendo los platos sobre la mesa de comedor. Cuando llegó el mediano de sus hijos, ella canturreaba ayudada por los efluvios con denominación de origen, y le anunció que la comida estaría en cinco minutos. Por fin entró en casa el pequeño, tirando la mochila al suelo y abriendo compulsivamente el frigorífico para seleccionar algo que consolara inmediatamente su estómago de adolescente de metro ochenta. Después de un beso relámpago a su madre, corrió al tuenti a echar un vistazo.
   Cuando todo estaba a punto, Teresa dio la voz de alarma, pero todavía la hicieron esperar un rato sentada sola, mirando las noticias sin ningún entusiasmo. Al menos, descansaría un poco las piernas, cargadas de estar tanto tiempo de pie. Cuando sus hijos se sentaron a la mesa, ella les fue sirviendo el guiso de patatas a la marinera, mientras ellos se atropellaban al hablar, contando cada uno sus anécdotas de la mañana. Acababa de tomar la primera cucharada del plato cuando llegó el que faltaba, disculpándose como siempre, vaya por Dios, con Fulano y con Mengano, que le habían entretenido tomando una cerveza, y otra, pero…qué remedio, si son posibles clientes. Pobrecito, qué sacrificio. Se sienta por fin a la mesa y se dispone a disfrutar de las viandas, todas tan a mano,  (qué suerte), y termina con el postre cuando ya los vástagos se han ido cada cual a lo suyo. Su mujer se queda sola de nuevo en la mesa, (es que hay que ver lo que tarda), apurando un café que le levanta el ánimo para continuar la batalla vespertina y es su compañero más fiel.
   Teresa quitó la mesa, sacudió el mantel y reparó un instante en los pajaritos que apuraron ávidamente las migajas caídas en el patio. Recogió la loza en el lavaplatos, y pasó con poca ilusión y mucha premura el mocho de la fregona por el suelo de la cocina. Cuando terminó de cepillarse los dientes, cambiarse de ropa y pintarse los labios, ató la bolsa de basura y la metió en el coche para aprovechar el viaje y tirarla al paso del primer contenedor.
   Una vez en el centro de la ciudad, tuvo que dar varias vueltas antes de encontrar aparcamiento, y por supuesto, dar una propina al “gorrilla” de turno. Los bazares chinos le producían un cierto desasosiego. Esos estrechos pasillos, atiborrados de género en estanterías, desde el  suelo hasta el techo, y el hecho de tenerse que colocar de perfil al cruzarse con otro cliente, le desencadenaban palpitaciones que le duraban hasta que tomaba una gran bocanada de aire una vez en la calle.
   Le llegó una llamada perdida de Geni al móvil. Normal, se había retrasado. Cuando entró en la cafetería divisó un grupo de media docena de mujeres, hablando en un tono de voz altisonante, adornado con risotadas, que a la legua se sabía que eran un puñado de marujas en su tarde libre. Reparar en ellas fue como mirarse en un espejo. Del código de barras de sus bocas de carmín se deducía que estaban ya más cerca de la prejubilación que de la universidad, y en su estilismo algunas se rebelaban a entrar en detalles sobre su fecha de consumo preferente, mientras que  otras habían tirado claramente la toalla y lucían sus carnes generosamente desparramadas. Cuando Teresa se hizo notar, subió el tono de alboroto aún más, si cabe, y a partir de ese momento la sonrisa no se desdibujó completamente de ninguno de sus rostros. El camarero, santo varón, se afanó por atender sus peticiones puntualmente durante la hora y media de reunión, con una resignación admirable, cuando no invadido por una perplejidad sólo entendible por los allí presentes, dado el nivel de decibelios alcanzado y los gestos y aspavientos que los acompañaban. Pero qué a gusto se quedaban todas después de esta sesión terapéutica, con dosis de recuerdo periódicamente programadas. Cuando conducía de vuelta a su casa, iba repasando los detalles de las conversaciones entabladas y de imágenes fugaces para el baúl de los recuerdos.
   Geni sigue teniendo un aspecto estupendo: una piel fina y escrupulosamente hidratada, y una figura envidiable. Sus hijas estudian fuera de la ciudad, y ella se encuentra con más tiempo libre del que puede administrar. Su aparente vida perfecta y sin estrecheces económicas se ve empañada por los devaneos de un promiscuo marido, que están en boca de todo el mundo en una capital de provincia donde todos saben de todos, mientras ella mira a otro lado para evitar zarandeos innecesarios en su aburguesada existencia, a estas alturas de la película.
  Por el contrario Toni, no parece estar interesada por su imagen, y sólo aspira a satisfacer necesidades muy primarias. Abandonada en los brazos de la celulitis, con la cara lavada y peinada con una cutre coleta, no parece sufrir estrés familiar, más que nada porque a nadie tiene a su cargo, ni falta que le hace. Siempre ha presumido de su “soltería = libertad-para-hacer-lo-que-me-da-la-gana-sin-consultarlo-con-nadie”, y eso le ha permitido hacer acopio de un bagaje cultural digno de elogio, adquirido a través de másteres y cursos de especialización, en multitud de destinos geográficos de ensueño para el corriente de los mortales.
  La primera en marcharse es siempre Clara. Cogió su último tren del amor hará un par de años, y alega tener que recuperar el tiempo perdido en tareas matrimoniales que para nosotras, las veteranas, no son ya prioritarias, pero para ella han sido un sueño inalcanzable durante largos años de soltería y castidad no deseadas. Nos reímos con sus ingenuos comentarios cuando está con el grupo, y de ella cuando se ha ido por sus descubrimientos juveniles a los cincuenta, con esos ojos saltones iluminados por la llama del amor y del deseo.
  Beatriz luce un nuevo look: melena rubia muy corta. Nos ha confesado que se ha rapado la cabeza para no asistir al penoso espectáculo de la caída del pelo, tras los primeros ciclos de quimioterapia a los que está siendo sometida, para combatir el cáncer de mama que le detectaron en su última revisión ginecológica. Se la ve animada, con fuerzas para afrontar lo que sea necesario para seguir viendo crecer a su hijo. Además, el próximo mes de mayo celebrará su primera comunión, y tiene que estar fuerte para preparar el evento. También ella se casó tardía y fue primeriza añosa, aunque para su marido era el tercer vástago después de dos hijas adolescentes de su primer matrimonio.
  Rosa ha traído, como de costumbre, un amplio repertorio de chistes y chismorreos de sociedad, que la califican como la cachonda del grupo. Siempre consigue desencajarnos a todas la mandíbula a base de carcajadas que se nos desbordan cada vez que habla, y vive Dios que no para de hablar ni aunque la amordacen. Ni siquiera ahora que se ha quedado en paro, ha perdido ni un ápice de su envidiable humor.  Hemos llorado de la risa rememorando una de sus muchas gamberradas en el colegio, cuando nuestra clase estaba frente a una terraza que las monjas  tenían como tendedero. Cada cuerda era para una de ellas, y allí lucían inocentemente sus prendas primorosamente lavadas. Eran otros tiempos, y no disponían las mujeres  de elementos de usar y tirar en su higiene personal, así que no había más remedio que lavar y meter en lejía los pañitos de felpa que recogían los sangrados menstruales. Y las religiosas no se libraban de ese engorro por muchos rosarios que rezasen. Rosa tuvo un buen día el atrevimiento de colarse en el tendedero, aprovechando un lapsus entre una asignatura y otra, mientras algunas hicimos guardia, y cambiar de cuerda las compresas de felpa, para que las monjas, según sus propias palabras, pudieran compartir lo más íntimo.
  Nuestra amiga Charo cumplió su medio siglo la semana pasada. Cuenta que se levantó preocupada, obsesionada por comprobar si todo seguía igual o los cambios debidos al paso del tiempo se habían hecho notar de manera ostensible. Ya no compartía el lecho conyugal, prácticamente tenía asumida su separación y posterior divorcio, tras una historia que arrancó en los albores de la adolescencia y sembró en el camino una hija ya universitaria y un hijo con graves minusvalías físicas y psíquicas. Por lo tanto, no tenía a nadie a su vera para interrogar al salir de la ducha sobre sus posibles cambios anatómicos en tan señalada fecha. Se plantó frente al espejo sin complejos, y se autoanalizó: las patas de gallo de ayer, siguen en el mismo sitio; las tetas caídas en forma de ensaimada mallorquina están iguales que ayer; la barriga floja y estriada, sin alteraciones…Todo estaba en orden, y se quedó tan tranquila. Su capacidad para resurgir de sus cenizas era su gran baza para superar las dificultades que le imponía la vida. El día que su ex volvió a casarse, con aquella chica que podría ser su hija, tuvo la flema de vestirse de grana y oro para ir con un grupo de amigas, también de gala, a cenar a un restaurante de pitiminí a celebrarlo, como cada aniversario desde aquel día, evento al que ahora se suma el del divorcio casi inmediato, pero cambiando el atuendo por el de plañidera de negro riguroso, que al fin y al cabo estiliza la figura mucho más, dónde va a parar.
  Los regalos que se intercambiaron iban desde unas sales de baño a un colgador de bolso, de un pastillero a unas velas aromáticas, de unos pendientes a un tanga de lentejuelas. Eso era lo de menos, porque surtieron el efecto previsto: la risa, la ironía, la broma, el chiste, la descarga de adrenalina.
  Cuando Teresa  llegó a casa a nadie de su familia pareció importarle de dónde venía, pero sí comenzaron a bombardearla con cuestiones domésticas: “mamá, ¿qué vas a hacer de cena?, ¿planchaste mi pantalón vaquero?, ¿dónde has puesto la gorra que dejé en la cocina?, ¿me has firmado la autorización para la excursión?...”. Pero con las pilas cargadas, Teresa se vestía con un impermeable de indolencia por el que resbalaba la lluvia de preguntas que caían como chuzos de punta. Cualquier otro día, a estas horas,  le habrían faltado ánimos para atender a todo y a todos, pero hoy podía patear esa actitud pusilánime y plantar cara con autoridad al toro de la rutina.
  Pasada la entrada en la escena doméstica, Teresa se ve obligada a superar una nueva carrera de resistencia con obstáculos. Despojada de los tacones y la bisutería superflua, vuelve a zambullirse en la cocina. Ya lo decía con ironía su marido cuando construyeron esta casa: “te voy a dar más libertad, voy a hacerte una cocina más grande”. Y lejos de ser pretendidamente un chiste malo, se ajustaba a la realidad como anillo al dedo. Pasaba en estos veinte metros cuadrados más tiempo del que deseaba. Puso el horno a calentar mientras preparaba unas pizzas de atún y beicon, y aún tuvo tiempo para desalojar el lavaplatos y a la vez ir poniendo la mesa para la cena. Dieron buena cuenta del menú y desaparecieron antes de que ella  terminara de comerse una naranja. Su marido se fue a la sala de estar y se sentó frente a su portátil, como era su costumbre. Allí trabajaba, pero también bajaba  documentales de internet, o navegaba por páginas poco recomendables, escondido tras una nube de humo nicotínico que le hacía las veces de coraza protectora, porque no había un alma que soportase ese asfixiante y enrarecido ambiente.
  Colocó unos garbanzos en remojo para guisarlos al día siguiente, puso una lavadora de ropa oscura, y pensó que todavía tendría tiempo de planchar un rato antes que la rindieran el sueño y el cansancio. Sus hijos ya se habían retirado a sus habitaciones y subió a darles las buenas noches con un cariñoso beso, como cuando eran pequeños, mientras guardaba en los armarios y en los cajones la ropa que acababa de planchar. A las 00:45 h. se despidió de su marido, aún absorto ante el ordenador, con un beso, y él, sorprendido, contestó: “¿ya te vas a acostar…?”, como si el día no hubiese dado suficiente de sí.
   Era tal el agotamiento que la embargaba, que perdía por momentos el sentido del equilibrio, una detestable sensación, equiparable a un estado de embriaguez, y los párpados le pesaban una tonelada cada uno. No encendió la luz del baño ni del dormitorio, segura de los pasos que iba dando, y ya sumergida entre las sábanas, sacó una mano para programar el despertador a las 7:00 h. como cada día. Adoptó una posición fetal y respiró profundamente. Comenzó a bucear en un mar calmado, viendo como en la superficie del agua se quedaban inmóviles su marido, sus hijos, sus compañeras de promoción, las estanterías del bazar chino, su pequeño utilitario…cada vez más lejos, cada vez ella más cerca del abismo, y… podía respirar, sin miedo, respirar llenando los pulmones , ¿de agua?...No tenía por qué preocuparse. Estaba en la nada. De repente, creyó ver una luz a lo lejos y oyó un portazo, que rompió el silencio y quebrantó la paz que había hecho suya. Sintió un estremecimiento, una sensación que la excitaba, haciéndola abandonar su fantasía. Se resistía, pero ya no había marcha atrás. Unas manos cálidas la acariciaban sin recato, unos dedos hábiles recorrían recónditos rincones de su anatomía, y unos labios húmedos buscaban su boca para mezclar los alientos, trenzar las lenguas, intercambiar los fluidos… Esta tarea sería la última por hoy, pero había que escalar hasta la cima, y dejarse caer seguidamente, hasta hundirse de nuevo en la nada, en la nada, en la nada…
  Ella anotaba en el calendario de la cocina todos sus “encuentros en la tercera fase”, desde que él le reprochó  no tenerlo bien atendido en sus necesidades sexuales, para demostrarle que copulaban muy por encima de la media nacional, con el agravante de la edad, que avanza sin piedad ni permiso, y la monogamia autoimpuesta casi treinta años atrás, con lo aburrida que puede llegar a ser. Por fin abrazó la expectativa de dormir de un tirón, al menos las cinco horas que restaban hasta
el terremoto acústico de las siete de la mañana, segura de la convicción que debería estar prohibido madrugar tanto, y fabricar estos endiablados y pertinaces despertadores electrónicos.
  Teresa se sentía afortunada y sonreía en la oscuridad de la noche por poder abrazar a la única persona que había elegido personalmente en su vida, y sin palabras innecesarias le volcaba todo el amor que tenía guardado bajo su piel en una caricia muda bajo las sábanas, cada vez que se desvelaba o se daba media vuelta. Terminaba exhausta cada día, pero junto a él se sentía capaz de recomenzar, se sentía útil, y eso era suficiente para mantenerse en pie, para afrontar las dificultades que se iban presentando. Su vida transcurría como una sucesión de acontecimientos de obligado cumplimiento, que el engranaje de la rutina atrapaba y ella intentaba asumir con una actitud positiva. Opinaba que cada uno tiene su camino y sus propios personajes para escribir su historia, que es absolutamente necesario buscar la felicidad, aunque se esconda maliciosamente, y que las vidas de los demás no valen ni más ni menos que la propia.
  Más de una vez había escuchado de boca de su hermana que estaba lela por apechugar con tan pesada carga, familiar y profesional, y que tenía que valorarse más y mirar por sí misma. Pero ella no se consideraba una simple ni una pasmada, sencillamente había elegido una opción. Probablemente las habría mejores, más descansadas, más egoístas, más esclavizantes, más valientes, más infelices, más inteligentes, más fatuas…probablemente. Es probable que sus compañeras de promoción y ella estuvieran llevando vidas para lelas bajo un punto de vista ajeno. Que cada palo aguante su vela.



                        Besos...:-)

jueves, 10 de febrero de 2011

Pura coincidencia.



   ¿Cómo es el dicho?:

                    "Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia". 


El relato que viene a continuación, del recopilatorio

                             
                             "CUENTINOS PARA BADILA Y BRASERO",


lo escribí hace un puñado de años y se lee en un ratino.

   Dejad algún comentario, participad en el blog, así será más entretenido.



 







"Dos más tres más uno"


 



 

    A mi marido, que dice:
                 “Tengo tres hijos, tengo tres perros…
                                                       me faltan dos mujeres.”






Éste es un relato inventado que bien podría comenzar: "érase una vez..." Pero voy a obviar esta conocida frase y entro directamente al grano.
Yo soy una chica de pueblo, lo que se dice una pueblerina, o una chica de provincias para ser más fina.
Tuve una infancia feliz y tranquila. A los diez años, me llevaron a un internado de monjas a la capital, gracias a una beca. Mi padre era un agricultor modesto. Desde luego, no se puede decir que fuéramos ricos, pero nunca nos faltó de nada.
Fui una niña muy despierta. En la escuela recibí algunos premios por mi aplicación. Y en casa era la niña mimada; todos estaban pendientes de lo que decía, de cómo cantaba, bailaba, recitaba o contaba chistes mientras a todos se les caía la baba. Pero, lejos de estropear mi forma de ser, esa circunstancia me ha servido siempre para autoestimarme y plantarle cara a la vida con una gran seguridad (eso que me ahorro en psicoterapeutas).
Soy la tercera de cuatro hermanos. El mayor, Toño, "súper-Toño", ingresó a los 17 años en una escuela de suboficiales del Ejército del Aire. Desde muy pequeña mi imagen de él estuvo en un pedestal. Era un muchacho inteligente, aventurero, formal, y cuando volvía a casa (por Navidad, como el del turrón) era todo un acontecimiento.
Mi hermana Marga es, desde siempre, como mi segunda madre. Es ocho años y medio mayor que yo. Siempre le gustó vestirme, alimentarme, hacerme ropa, peinarme, pasearme, lucirme. Ahora que ya paso de los cuarenta, tengo la enorme fortuna de vivir a su lado y gozo de los privilegios de su sabiduría doméstica en cocina, en costura, en jardinería, en pediatría y en toda clase de marujeos.
José Luis es mi hermano pequeño. Nació cuando yo tenía cuatro años y medio, y aunque seguí manteniendo mi etiqueta de niña prodigio en la familia, no encajé bien del todo su aparición. Siempre hubo tiranteces entre nosotros dos. Durante años ejercí sobre él mi tiranía, hasta que su estatura le permitió la osadía de librar una batalla de almohadas conmigo que finalmente nos puso a cada uno en su sitio.
Mi padre, santo varón. Mi madre lo manejaba que era un primor, pero paradójicamente le gustaba asumir el papel de víctima siempre que podía. Ellos se querían.  Estuvieron casados cuarenta y dos años, hasta que mi padre falleció como consecuencia de un enfisema pulmonar producido por el tabaco. Mi madre, una vez superado el mal trago de perder al hombre de su vida, su amante, su esclavo, su compañero, se repuso haciendo de tripas corazón y en la actualidad dedica su vida a ser excursionista del Inserso, profesión a la que yo aspiro si me llega la hora.
En mi adolescencia y en mi juventud fui una chica inquieta y juerguista, pero jamás abandoné mis responsabilidades académicas y las compaginé tan magistralmente que, a los veinte años, tenía mi carrera terminada y una vida entera por delante.
Desde luego, tuve (y presumo de seguir teniendo) una gran suerte en todo. Resolví felizmente las dificultades que me planteó la vida, supe rodearme de amigos que dieron la talla y, sobre todo, encontré al hombre que cualquier mujer desearía para sí. Esa ha sido la gran lotería de mi existencia, la clave de todos mis éxitos.
¿Qué puedo decir de él? Desde que le conocí, a los doce años, he disfrutado de su veneración absoluta por mi persona. No todas las mujeres pueden contar -sin ser mentira- que su marido las piropea, las alaba, las acaricia y las besa cada día, las escribe románticos poemas y las colma de regalos. Ese es mi Tete. Así es mi Tete. Desde que le conozco hasta ahora, que llevamos unidos más de veinte años.
Dicen que detrás de un buen hombre hay siempre una gran mujer. Pero yo digo que detrás, o debajo, o encima, o alrededor de una buena mujer siempre se esconde un gran hombre. El mío mide un metro noventa.
Cuando yo estudiaba tercero de Bachillerato llegó al colegio una nueva interna. Se llamaba Menchu y aunque era una niña muy tímida, hice buenas migas con ella. Tal es así, que me invitó a su casa un fin de semana. Allí pasó algo que marcó el curso de mi existencia.
Su familia estrenaba casa nueva. Una planta entera de un edificio que había construido su padre en calidad de promotor. Yo estuve allí en aquel momento puntual de sus vidas.
Después de enseñarme la casa, fuimos a merendar a la cocina. Yo estaba de espaldas a la puerta, mirando un patio interior por la ventana. Fue todo tan deprisa que sólo recuerdo a grandes rasgos oír llegar a alguien y notar un guantazo en la cabeza. Me volví y me encontré con un muchacho alto, flaco y con cara de sorprendido. Deduje que era uno de los hermanos de Menchu, de los que ella me había hablado tanto, y sin más, le dije: "Hola, soy Raquel. Tú eres Tete, ¿verdad?". Y le planté dos besos a modo de saludo. Guardo un grato recuerdo de aquella anécdota, pero la sensación experimentada por Tete en aquel debut triunfal de nuestra relación la conocí no hace mucho, cuando él dejó que leyera unos apuntes autobiográficos.
"Ella no me oyó entrar y, a modo de una supuestamente graciosa sorpresa, me acerqué sigilosamente por detrás y le obsequié con un pequeño manotazo en la cabeza, a la vez que me inclinaba hacia adelante para darle el preceptivo beso de bienvenida. En ese momento, ella se giró y yo me quedé petrificado, avergonzado, extasiado, obnubilado y no sé cuántas cosas más; ante mis ojos no apareció el "careto" de Menchu, sino el mismísimo florecimiento de la Primavera, fugazmente condensado en un instante, sólo para mí. En una milésima de segundo se desató en mi interior una furiosa y repentina tormenta de sentimientos, que explotó en el mismo corazón de mi corazón, y mis ojos vieron el infinito."
Sin entrar a analizar la sinceridad o la cursilería de este texto, hay una cosa muy cierta: desde ese momento nuestras vidas han ido paralelas, unidas ya para siempre.
El curso siguiente Tete también se vino interno a un colegio de la capital. Se las ingenió para formar una pandilla de niños y niñas para salir los fines de semana. Su mayor ilusión era poder estar cerca de mí, aunque yo no le hiciera mucho caso. Yo era su diosa del Olimpo.
Solía tratarle con una estudiada indiferencia, cuando él se deshacía conmigo en atenciones y en detalles de ternura. Nunca propicié situaciones para estrechar los lazos de nuestra relación, más bien al contrario. El único acercamiento que le permití fue cogerme de la mano cuando volvíamos de una tarde de campo. Tan nerviosa me puse que aceleré el paso y, al ver que el resto de la pandilla se había quedado atrás, nos sentamos a esperarlos en un banco. Era un asiento de piedra en la puerta del... cementerio. Ya era de noche. Aquél fue un momento mágico, tétrico pero mágico.
Tete me confesó al cabo de los años que le faltó valor para besarme en los labios y lo arrepentido que se ha sentido siempre por no haberlo hecho.
"Fue así como perdí la oportunidad de marcar a fuego en mi corazón uno de los recuerdos más hermosos de mi vida".
Pero es que yo era de armas tomar. Lo cierto y verdad es que se nos quedó aquí una importante asignatura pendiente como pareja, que supimos repescar algo después.
Durante tres años no supimos el uno del otro. Él empezó su carrera en la capital hispalense y yo me fui al instituto más cercano a mi pueblo a estudiar COU. Al año siguiente, de nuevo a la capital para cursar estudios universitarios.
Él tuvo novia, y yo también tuve novio. Los dos salimos malparados de nuestras respectivas relaciones y el destino volvió a unir nuestras vidas.
Cinco años y una boda. Una etapa prematrimonial intensa desembocó en el inicio de una familia que acabó siendo numerosa.
Siempre tuve vocación de madre. Soñaba con tener doce hijos, pero menos mal que de esta fantasía aterricé a tiempo. No sé qué hubiera sido de mí criando doce churumbeles, si con tres no doy abasto. 

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Este capítulo podría titularse: "tres patas para un banco". Tienen nombre propio: Gonzalo, Alejandro y Daniel. Me hubiese colmado de felicidad bautizar una Paula o una María, pero ya decía Calimero que "no todo puede salir bien..." Al margen de lo antiestético de mis tendederos de ropa, llenos de calzoncillos, calcetines de deporte y multicolores camisetas de algodón, supongo que tampoco hay tanta diferencia entre criar varones o féminas (lo digo para autoconsolarme).
Gonzalo nació “después de los dolores”. Desde el primer día fue rebelde e inconformista. Nunca quiso tomar biberón, pasó de mamar a comer purés con cucharilla.
Con dos meses daba discursos desde su capazo en una jerga ininteligible mientras gesticulaba y manoteaba sin cesar. Comenzó a andar a los diez meses y conectaba el equipo de música para bailar antes de cumplir un año. Se escapó de casa por primera vez a los dieciocho meses, lo que me obligó a colocar un cerrojo en la puerta al que poco después aprendió a acceder encaramándose a una silla. Con dos añitos conectaba el ordenador sin ayuda y con cuatro enseñó a leer a su hermano al mismo tiempo que él aprendía.
Su trayectoria de galán comenzó en su más tierna infancia y llega hasta nuestros días. Fue y es un gran deportista, un buen estudiante que ha iniciado sus estudios universitarios a los diecisiete años, un chico indispensable en sus círculos de amistad y alguien que nunca ha pasado desapercibido en parte alguna.
Alejandro anunció su llegada por sorpresa. Todavía le daba el pecho a Gonzalo cuando me quedé preñada de él, pero estábamos ilusionados con poder cuidarlos a la par.
Después de un segundo embarazo sin contratiempos ni complicaciones, el parto de Ale fue una gratificante experiencia que me hizo crecer como mujer y como persona. Creo que nacer es el acto que mi hijo ha realizado con más rapidez y precisión en toda su vida; ahora están ralentizadas sus acciones y sus emociones y el tiempo, ese verdugo que viaja con nosotros, transcurre de manera especial para él.
De niño destacó por su inteligencia superior. Anduvo a los nueve meses. Al contrario que su hermano, comía de maravilla: primero el pecho, después biberones (hasta los cinco años); recuerdo que se tomaba los potitos incluso fríos cuando estábamos en la playa. Habló desde muy pequeño, con una sorprendente lógica y claridad en lo que decía. Aprendió a leer a los tres años teniendo como maestro a su hermano Gonzalo.
Siendo como era un niño dócil y de hábitos ordenados, le pasaban a él todas las desgracias mientras jugaba con su hermano: se quemó con agua caliente, recibió puntos de sutura en heridas de distinta índole, padeció alergia y tuvo que inyectarse vacunas, y un sinfín de pequeños accidentes caseros.
Gonzalo y Alejandro eran dos niños de anuncio que se criaron en un clima familiar favorable, con unos padres enamorados y orgullosos de ellos y gran cantidad de primos, tíos, abuelos... que disfrutaron de su alegría y sus ocurrencias.
Absorbida por mis obligaciones familiares y profesionales, mi vida de pareja perdió protagonismo. Eran muchos frentes que atender: el trabajo, los niños, la casa y Tete se lamentaba de mi falta de atenciones hacia él, que no había variado ni un ápice su actitud conmigo desde que éramos novios. Yo me sentía verdaderamente desbordada y exhausta. Cada día suponía para mí una dura prueba de resistencia; necesitaba dormir más, relajarme, pero mis circunstancias me lo impedían y esto incidía en mi carácter.
Y en esa vorágine que constituía mi rutina diaria, me asaltaron pensamientos confusos y sentimientos encontrados resumidos en una obsesión: volver a ser madre.
Tete no estaba por la labor. Él pretendía descargarme de obligaciones para poder recuperar mi atención, para gozar de nuevo de mi complicidad, de mis caricias que él anhelaba y tantas noches de insomnio deseó. Pero fue tal mi vehemencia, mi cabezonería, que el día que cumplí los 31 años me hizo un doble regalo.
Me desperté temprano, y como un zombi entré en el baño. Cuando me volví para cortar un trozo de papel higiénico me deslumbró un brillo cuya procedencia desconocía. Me restregué los ojos, me aparté el pelo de la cara y me toqué con mi mano derecha la muñeca izquierda. "Pero, ¿qué es ésto..? ¡Dios mío, si es un reloj...!".
- ¡Tete, Tete...! ¡Mira lo que tengo en mi muñeca!.
Tete se desperezaba sonriendo divertido. Cuando llegué a la cama con mi mayúscula sorpresa, tiró de mí revolcándome y me susurró "felicidades" al oído, mientras retozaba conmigo. Confesó que le había costado mucho abrocharme el reloj procurando no despertarme. Mi segundo regalo de cumpleaños lo desenvolví justo nueve meses después.
Daniel fue un niño muy deseado, al menos por mi parte. Nació con un peso y una estatura excepcionales. Papá, que tanto lidió con sus hermanos mayores, murió dos meses después sin poder disfrutarlo.
Desde pequeño apuntaba maneras. Cuando comenzaba a dar sus primeros pasos y se caía, protestaba profiriendo: "mamá, puta..." Supongo que sus hermanos tenían algo que ver en la adquisición de su reducido y soez vocabulario de bebé de once meses.
Una vez, su tía Pili les regaló una pecera con tres ejemplares. Los mayores, más resabiados, se apresuraron a hacer el reparto. Gonzalo dijo: "yo quiero el pez negro". Alejandro, sin perder de vista su favorito, se lo atribuyó: "el mío es ese naranja". Daniel, pese a su corta edad, procesó la información. Pegó la nariz al cristal y se volvió contrariado para preguntar a sus hermanos: "y el "mueto", ¿es el mío...?", mientras señalaba el único pez que quedaba flotando en la superficie del agua. A Pili no le quedó más remedio que regalarle otro que no estuviera "mueto".

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Desde los más remotos orígenes de la humanidad se baraja la posibilidad de que exista un mundo sobrenatural, al margen de culturas, razas o religiones bien diferenciadas. Por más alto que se tenga el coeficiente intelectual, siempre quedan preguntas sin responder cuando buceamos en temas del más allá y nos hundimos en las arenas movedizas de la muerte. ¿Es posible la existencia de mundos paralelos al nuestro? ¿Es posible una interacción entre seres de esos mundos? Sólo podemos conjeturar al respecto, podemos creer en un paraíso después de la muerte o danzar con la increencia más absoluta. Pero a veces se producen hechos inexplicables que convulsionan nuestra razón y ponen en tela de juicio muchos axiomas.

Daniel estaba entusiasmado con la excursión programada por el colegio al día siguiente. Estábamos en Abril, las tardes eran largas y los días cálidos y el curso estaba tocando a su fin. No había mucho que preparar, porque la aventura sólo duraría un día, pero las hormonas estaban alborotadas y la hiperactividad asomaba el flequillo por cada poro de la piel.
Tete trajo a casa a mediodía una cámara de fotos digital de baja definición, con funciones de webcam, que le habían obsequiado en su último pedido de material de oficina. A pesar de la poca calidad de imagen de las fotos, a Daniel le pareció la caña. Tenía que probarla, aprender a sacarle partido, y se pasó toda la tarde inmortalizando al personal en sus tareas diarias, descargando las imágenes en el ordenador y vuelta a empezar. Aún quedaba probar el temporizador; colocó la cámara sobre la mesa del ordenador y posó con un gesto desenfadado, un primer plano que le obligó a arrodillarse a la altura del objetivo. Lo activó y ……… ¡flash!.
Cuando vio la foto en la pantalla del ordenador, no le pareció su mejor estampa y se dispuso a borrarla. Ensimismado en lo suyo, no advirtió que su hermano Alejandro había entrado en la habitación y estaba a su espalda. Algo en la pantalla le llamó la atención.
-          “¿Qué se ve ahí….?”
Los dos observaron con atención la foto. De no llegar su hermano, la habría borrado sin más.
Había algo inquietante, justo apoyado en el marco de la puerta. Era la figura de un hombre, con chaqueta y corbata, de baja estatura o quizás agachado, envuelto en una especie de neblina, y que miraba fijamente a un Daniel completamente ajeno a esta intromisión en su intimidad.
Ampliaron la imagen  centrándola en la puerta, detrás de la cual se veía el pasillo sin luz que desemboca en el baño.
Llamaron a Gonzalo. Decidieron marcar el contorno de la figura para estudiarla con más detalle. Experimentaron aplicando contrastes de luces…. Efectivamente, allí había algo o alguien, no cabía la menor duda.
Sacaron algunas fotos más procurando repetir las mismas condiciones, pero “aquello” no quiso volver a materializarse.
Cuando Tete y yo subimos a ver qué pasaba, nuestra primera impresión fue compartida. Los rasgos físicos se ajustaban a los de papá. Ya hacía catorce años de su muerte, poco después de nacer Daniel. No pude evitar fantasear con la teoría de que él estaba cerca de nosotros, de sus nietos mayores con los que tanto jugó y de su nieto pequeño del que se separó prematuramente por las malditas leyes de la vida, a las que tan a regañadientes nos resignamos.
Aquél acontecimiento me superaba. Entre la confusión mental que reinaba en mi cerebro afloró un recuerdo lejano.
Cuando Gonzalo y Alejandro eran pequeños tenían a su disposición un radiocassette en el que grababan sus conversaciones de besugos, mientras jugaban en su habitación. Si la risoterapia es beneficiosa para los estados de ánimo, escuchar aquellas grabaciones era aún mejor.
Una noche que Tete se quedó trabajando cuando todos los demás dormíamos, puso una de estas cintas como fondo musical para sentirse acompañado. Y entre chistes, disparates y chascarrillos de los niños sonó algo que le puso los pelos como escarpias. Era una voz distorsionada que parecía decir algo, en tono interrogativo. Fue tal el impacto que causó en Tete, que tardó algún tiempo en confesarme su descubrimiento casual. Aquella psicofonía se produjo poco tiempo después de morir mi padre y estaba tan unido a los niños que parecía como si hubiese querido manifestarse a ellos desde donde se encontrase.
Guardé la cinta en un cajón durante todos estos años, ansiosa por darle una explicación, pero temerosa de encontrar una respuesta que hiriera mi sensibilidad. Alguna vez le había contado algo a mis hijos de esta historia. Y ellos, que siempre han hilado fino, también la han desempolvado de su memoria tras el suceso de la psicoimagen.
Al día siguiente, volvimos a escuchar la inquietante cinta. Resulta espeluznante cada vez que la oímos. Una y otra vez, con las antenas puestas, intentando interpretar lo que se oye.
Hastiados por la falta de conclusiones convincentes, a Alejandro se le ocurrió algo.
- “Mamá, déjame que pruebe a reproducirlo con el ordenador a mayor velocidad, a ver si así se entiende.”
Dicho y hecho. Gonzalo y Alejandro subieron a la sala del ordenador. Yo me desentendí y volví a mis quehaceres. La situación que se desencadenó momentos después me desconcertó por completo. Mis hijos me llamaban histéricos desde la barandilla; habían tirado las sillas y habían salido despavoridos de la habitación, gritando y llorando enloquecidos.
- “Sube, mamá, corre, tienes que oírlo, corre…”
Traté de calmarles como pude hasta que los tres nos plantamos delante del ordenador, con el volumen al máximo.
Lo que escuché me heló la sangre en las venas; con la misma claridad que la luz del día, aquella voz comenzaba suspirando lastimera:
-          “Ay…., decidnos, ¿estáis bien?”
Era más de lo que ninguno esperábamos encontrar. Entre el timbre de voz agudo de dos niños parloteando, retumbaba esta voz misteriosa de ultratumba.
Aquél descubrimiento eclipsaba el de Cristóbal Colón. Por mi casa pasaron amigos de mis hijos, mi hermana Marga y mi cuñado Pepe, y todos se quedaban estupefactos ante la psicoimagen captada por Daniel y la antigua psicofonía sacada del baúl de los recuerdos.
A partir de ese día, comenzamos a vivir sucesos inexplicables. Yo era la más escéptica de la familia y procuraba siempre justificar los hechos de manera lógica, pero he de reconocer que pasaban cosas muy raras en mi casa..
Es bastante improbable que alguno de nosotros tenga poderes telekinéticos. Sin embargo fuimos testigos directos de fenómenos polstergeist.
A principios de Junio, Gonzalo preparaba la PAU, después de aprobar el Bachillerato. Estaba solo en casa, estudiando en la planta baja, cuando empezó a escuchar golpes que procedían del interior del armario de su habitación en la planta superior, insistentes y contundentes. Al momento interpretó otro ruido: era el cerrojo de la puerta del baño, también arriba, moviéndose descontroladamente.
Cuando llegamos a casa el resto de la familia, estaba lívido, pobrecito mío.
A Daniel y a un amigo que estaba en casa con él les ocurrió otro fenómeno paranormal. Bajaban la escalera cuando algo sobrevoló por encima de sus cabezas: un puchero de barro que perteneció a mi abuela, que estaba adornando el poyete sobre el cual asienta la inmensa cristalera que ilumina el hueco de la escalera.
Los fenómenos parapsicológicos que sufrió Tete son de ciencia ficción. Se estaba sirviendo un vaso de leche en la cocina, cuando le pareció ver reflejada en el cristal de la ventana una figura que atravesaba el comedor a su espalda, en dirección a la puerta del patio, que él mismo acababa de cerrar. Esa aparición le impulsó a comprobar si había alguien (a sabiendas de que estaba solo en casa), y no sólo no encontró a nadie, sino que la puerta del patio estaba abierta de par en par.
Otro día tuvo una extraña sensación que le aterrorizó. Salía de nuestro baño hacia el vestidor de nuestro dormitorio; es un pasadizo con el techo bajo, porque por encima se encuentra uno de los altillos. Notó como algo o alguien se cruzaba con él, o mejor dicho, le traspasaba, hasta tal punto que se miró en el espejo y tenía despeinado el lateral  izquierdo de la cabeza, que acababa de peinar.
Durante meses, bien por nuestro querido fantasma o por nuestros poderes mentales involuntariamente proyectados, las puertas se abrían o se cerraban, las televisiones se encendían y se apagaban, y el ecualizador del equipo de música se volvía loco, llamándonos la atención con sus vistosas luces de colores, sin haberlo conectado.
Estos fenómenos misteriosos para los cuales yo siempre encontraba una explicación lógica que a nadie convencía, remitieron al cabo de los meses.
Al comenzar el nuevo curso, los cinco sentimos un alivio deseado; el ambiente dejó de masticarse y la tensión que nos invadía sencillamente se esfumó.
Mis hijos siempre creyeron que yo había hecho algún ceremonial para ahuyentar los malos espíritus. Nunca pude convencerles de lo contrario.
Sería absurdo conjugar mi escéptica postura hacia lo sobrenatural con la decisión de realizar un conjuro capaz de disuadir a los fantasmas de afincarse en mis aposentos.
Así lo hemos vivido y así lo hemos contado. Y hasta aquí puedo leer…






                                             ¡Hasta la próxima!








                                              





                                                          

martes, 8 de febrero de 2011

¡ESTOY HAPPY!


                          ¿Os preguntáis qué celebro?

                                           ¡Anda, que no hay motivos!

-Que sois tan amigos míos que perdéis el tiempo leyendo mi blog.

-Que tengo energía para trabajar y suerte de tener trabajo.

-Que paso el día a día entre niños, y eso es una suerte.

-Que tengo en casa, esperándome, cuatro guardaespaldas.

-Que en mi corazón caben un montón de parientes y amigos.

-Que estoy buena (de salud, malpensados...)
    
                                                          
                                                     ¿Queréis más?


                            ¡Que os aproveche el pastel!

LA ANTESALA DEL DESTINO.

  La duda y la incertidumbre se han afincado en mi ánimo. Entre mi impaciencia y la confirmación de una realidad, media un compás de espera que se me antoja desasosiego. Un retraso acumulativo en las previsiones de horario del endocrino me permiten zambullirme en reflexiones, que esquivan mi probabilidad de saber si estoy tocada con la varita mágica del cáncer, esa "larga y penosa enfermedad", que acompaña a unos cuantos elegidos por imperativo celestial, hasta las puertas del más allá.
  A decir verdad, y pensándolo friamente, he vivido una existencia plena, con todos sus requerimientos: plantar un árbol (misión cumplida); tener un hijo (en eso he cumplido con Dios y con la Patria como una campeona); y escribir un libro (que haberlo, haylo, aunque casi nadie lo haya leído). Podría decirse que ya puedo morirme con la satisfacción del deber cumplido. Otra cosa es que yo contemple esa posibilidad entre mis planes más inmediatos. Y va a ser que no. Aún cuando el cáncer se haya encaprichado con mi humilde persona, yo no se lo voy a poner en bandeja. No seré una presa fácil.
  Me pregunto cuál será la reacción de mis seres más allegados ante la hipotética y fatídica noticia. O la mía. Si no sucumbo a las emociones, pienso asumirlo con serenidad y plantando cara. Siempre he conservado una sólida seguridad en mí misma, y cualquier iniciativa que me he propuesto la he sacado adelante, con mejor o peor estrella, pero no me doy por vencida. La férrea voluntad es una virtud que mi madre me ha inyectado en vena con su ejemplo y su testimonio, y la llevo por bandera.
  No voy a negar que soporto un diablillo sobre mi hombro, que me chincha diciéndome al oído:"estás enferma, a ver cómo sales de ésta..." Pero sobre el otro hombro y vestido de blanco inmaculado, un duendecillo le hace la competencia a su contrincante, insistiéndome muy cerquita de la oreja: "ni caso, estás como una pera. Haces deporte, comes sano, estás delgadita, tú no eres su tipo..."
  Y así pasan los minutos, ya casi podría decirse las horas, en esta fría sala de espera, en la que, por cierto, hace un calor insoportable, no solo por la descabellada temperatura de la calefacción, sino también por los sofocos que me asaltan sin previo aviso.
  La expresión de los pacientes (nunca mejor dicho, porque hay que cultivar grandes dosis de paciencia para aguantar esta resignada espera), es digna de analizar. Imagino hacer delante de todos ellos, por estos desnudos pasillos, un flashmob con una música excitante, con muchos bailarines que salpiquen de entusiasmo estas almas yermas y los remueva en sus tumbas. ¡Qué subidón de adrenalina! Me encantan las fantasías que me hacen sonreír, aunque solo sea de pensamiento.
  Voy a guardar a buen recaudo mi cuaderno de campo, que parece que ya va a tocarme. Estoy a punto de conocer las circunstancias en las que viviré mi futuro más próximo.
  Cruzaré los dedos...


¡Se acabó el finde!

  Ha terminado un fin de semana soleado, lo cual es de agradecer. He cargado las pilas para ir tirando durante la semana, que promete ser dura. En clase estoy enseñando a mis alumnos a saltar con la comba, lo que me obliga a demostrar mis explicaciones con mi propia práctica. A razón de cinco sesiones diarias, cinco días seguidos, son la nada despreciable cifra de 25 horas brincando, aunque se intercalen ratitos de supervisión  de los alumnos, en los que los gemelos pueden relajarse y recuperarse de su tensión.
   
                      http://www.biertijd.com/mediaplayer/?itemid=14256

  Por otra parte, continúo asistiendo al curso de juego teatral y movimiento creativo, tres horas los lunes y otras tres los miércoles, este último día coinciendo con nuestra tarde de trabajo, por lo que hay que hacer encaje de bolillo para atender mínimamente ambas obligaciones, que una no tiene el don de la ubicuidad, aunque estoy en ello.
  Mañana paso revisión de mi nódulo tiroideo, que hay que ver lo divinamente que lo cuido a juzgar por lo que ha crecido este último año. Tendré que mentalizarme de mi paso por quirófano, tarde o temprano, para eliminarlo, pero indudablemente no me apetece nada de nada que me rebanen el cuello... Si consigo un cirujano plástico amigo en el equipo, quizás consiga que, de paso, me hagan un lifting y así rentabilizo la operación.
   Mi "personal  training" (y el de 100 personas más al mismo tiempo) me sigue dando caña, unos días con el step, otros con pesas...que llego a casa a las 10:30 de la noche reventada. Pero, como no hay mal que por bien no venga, duermo como un angelito, y es que no podría ser de otra manera, porque acabo cada día exhausta. Y contenta, satisfecha, agradecida a la Naturaleza por haberme equipado con un conjunto anatómico todo terreno, funcional y de bajo consumo ( bueno, vale, confieso que mis abuelas pasaron a mejor vida hace la tira de años...)
  Por hoy ya he justificado la existencia de este blog. Mañana será otro día . No me perdáis de vista...




Besssooosss...

martes, 1 de febrero de 2011

Hay que actualizarse.

  Después de varios días de no dar señales de vida, aquí estoy para dar la cara y justificar mi ausencia. Me propuse tomarme el blog como una obligación, pero no es plan angustiarse cuando una no llega...
  Ayer comencé un curso de "juego teatral y movimiento creativo", muy interesante, que me tendrá bastante absorbida las próximas cinco semanas, tanto es así que tendré que bajar la frecuencia de sesiones de mantenimiento en el gimnasio. Si es que estoy mayor, y no doy abasto. Por lo menos entraré a saludar.
  Estoy terminando un poemario y un recopilatorio de relatos cortos que pronto podré compartir. Por supuesto, sin abandonar mis clases ni mis obligaciones familiares, que no son pocas.
  Este trimestre es el de más trajín para mí, con la preparación de las fiestas de S. José y las competiciones deportivas en La Granadilla. Espero estar fuerte y a la altura de otros años.



  Besos virtuales: ¡ muacka!